“Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza.” A.Gramsci.
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Marx, más vivo y actual que nunca a 130 años de su muerte

sábado, 16 de marzo de 2013

En un día como hoy, hace 130 años, moría plácidamente en Londres, a los 65 años de edad, Karl Marx. Corrió la suerte de todos los grandes genios, siempre incomprendidos por la mediocridad reinante y el pensamiento encadenado al poder y a las clases dominantes. Como Copérnico, Galileo, Servet, Darwin, Einstein y Freud, para mencionar apenas unos pocos, fue denostado, perseguido, humillado. Fue ridiculizado por enanos intelectuales y burócratas académicos que no le llegaban ni a los tobillos, y por políticos complacientes con los poderosos de turno, a quienes les repugnaban sus revolucionarias concepciones.


La academia se cuidó muy bien de sellar sus puertas, y ni él ni su amigo y eminente colega, Friedrich Engels, jamás accedieron a los claustros universitarios. Es más, Engels, de quien Marx dijera que era "el hombre más culto de Europa", ni siquiera estudió en la universidad. Sin embargo, Marx y Engels produjeron una auténtica revolución copernicana en las humanidades y las ciencias sociales: luego de ellos, y aunque sea difícil separar su obra, podemos decir que después de Marx, ni las humanidades ni las ciencias sociales volverían a ser las de antes. La amplitud enciclopédica de sus conocimientos, la profundidad de su mirada, su empecinada búsqueda de las evidencias que confirmaran sus teorías, hicieron que Marx, tantas veces dados por muertos sus teorías y su legado filosófico, sea más actual que nunca.


El mundo de hoy se parece de manera sorprendente a lo que él y su joven amigo Engels pronosticaron en un texto asombroso: El Manifiesto Comunista. Este sórdido mundo de oligopolios rapaces y predatorios, de guerras de conquista, degradación de la naturaleza y saqueo de los bienes comunes, de desintegración social, de sociedades polarizadas y de naciones separadas por abismos de riqueza, poder y tecnología; de plutocracias travestidas para aparentar ser democracias, de uniformización cultural pautada por el American way of life, es el mundo que anticipara en todos sus escritos. Por eso son muchos quienes ya, en los capitalismos desarrollados, se preguntan si el siglo XXI no será el siglo de Marx. Respondo a esa pregunta con un sí sin atenuantes, y ya lo estamos viendo: las revoluciones en marcha en el mundo árabe, las movilizaciones de los indignados en Europa, la potencia plebeya de los islandeses al enfrentarse y derrotar a los banqueros y las luchas de los griegos contra los sádicos burócratas de la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, el reguero de pólvora de los movimientos Occupy Wall Street que abarcó a más de cien ciudades estadounidenses, las grandes luchas que en América Latina derrotaron al ALCA y la supervivencia de los gobiernos de izquierda en la región, son tantas otras muestras de que el legado del gran maestro está más vivo que nunca.



El carácter decisivo de la acumulación capitalista, estudiada como nadie más en El Capital, era negada por todo el pensamiento de la burguesía y por los gobiernos de esa clase que afirmaban que la historia era movida por la pasión de los grandes hombres, las creencias religiosas, los resultados de heroicas batallas o imprevistas contingencias de la historia. Marx sacó a la economía de las catacumbas y no solo señaló su centralidad, sino que demostró que toda la economía es política, que ninguna decisión económica está despojada de connotaciones políticas. Es más, que no hay saber más político y politizado que el de la economía, dando al traste con los tecnócratas de ayer y hoy que sostienen que sus planes de ajuste y sus absurdas elucubraciones econométricas obedecen a meros cálculos técnicos y que son políticamente neutros. Hoy ya nadie cree seriamente en esas patrañas, ni siquiera los personeros de la derecha (aunque se abstengan de confesarlo). Podría decirse, provocando la sonrisa socarrona de Marx desde el más allá, que hoy son todos marxistas pero a la Monsieur Jordan, ese personaje de El Burgués Gentilhombre de Moliere, que hablaba en prosa sin saberlo. 


Por eso cuando estalló la nueva crisis general del capitalismo todos corrieron a comprar El Capital
comenzando por los gobernantes de los capitalismos metropolitanos. Es que la cosa era, y es, muy grave como para perder el tiempo leyendo las boberías de Milton Friedman, Friedrich von Hayek o las monumentales sandeces de los economistas del FMI, del Banco Mundial o del Banco Central Europeo, tan ineptos como corruptos y que por causa de ambas cosas no fueron capaces de pronosticar la crisis que, como un tsunami, está arrasando los capitalismos metropolitanos. Por eso, por méritos propios y por vicios ajenos, Marx está más vivo que nunca y el faro de su pensamiento arroja una luz cada vez más esclarecedora sobre las tenebrosas realidades del mundo actual.

Atilio Borón

http://www.granma.cubaweb.cu/2013/03/14/nacional/artic06.html 
 

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Marx, más vivo y actual que nunca a 129 años de su muerte

martes, 20 de marzo de 2012

En un día como hoy, hace 129 años, moría plácidamente en Londres, a los 65 años de edad, Karl Marx. Corrió la suerte de todos los grandes genios, siempre incomprendidos por la mediocridad reinante y el pensamiento encadenado al poder y a las clases dominantes. Como Copérnico, Galileo, Servet, Darwin, Einstein y Freud, para mencionar apenas unos pocos, fue denostado, perseguido, humillado. Fue ridiculizado por enanos intelectuales y burócratas académicos que no le llegaban ni a los tobillos, y por políticos complacientes con los poderosos de turno a quienes le repugnaban sus revolucionarias concepciones.
 
La academia se cuidó muy bien de sellar sus puertas, y ni él ni su amigo y eminente colega, Friedrich Engels, jamás accedieron a los claustros universitarios. Es más, Engels, de quien Marx dijera que era "el hombre más culto de Europa" ni siquiera estudió en la universidad. Sin embargo Marx y Engels produjeron una auténtica revolución copernicana en las humanidades y las ciencias sociales: luego de ellos, y aunque sea difícil separar su obra, podemos decir que después de Marx, ni las humanidades ni las ciencias sociales volverían a ser las de antes. La amplitud enciclopédica de sus conocimientos, la profundidad de su mirada, su empecinada búsqueda de las evidencias que confirmaran sus teorías hicieron que Marx, tantas veces dadas por muertas sus teorías y su legado filosófico, sea más actual que nunca.
 
El mundo de hoy se parece de manera sorprendente a lo que él y su joven amigo Engels pronosticaron en un texto asombroso: El Manifiesto Comunista. Este sórdido mundo de oligopolios rapaces y predatorios, de guerras de conquista, degradación de la naturaleza y saqueo de los bienes comunes, de desintegración social, de sociedades polarizadas y de naciones separadas por abismos de riqueza, poder y tecnología, de plutocracias travestidas para aparentar ser democracias, de uniformización cultural pautada por el American way of life es el mundo que anticipara en todos sus escritos. Por eso son muchos quienes ya, en los capitalismos desarrollados, se preguntan si el siglo veintiuno no será el siglo de Marx. Respondo a esa pregunta con un sí sin atenuantes, y ya lo estamos viendo: las revoluciones en marcha en el mundo árabe, las movilizaciones de los indignados en Europa, la potencia plebeya de los islandeses al enfrentarse y derrotar a los banqueros y las luchas de los griegos contra los sádicos burócratas de la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, el reguero de pólvora de los movimientosOccupy Wall Street que abarcó a más de cien ciudades estadounidenses, las grandes luchas que en América Latina derrotaron al ALCA y la supervivencia de los gobiernos de izquierda en la región, comenzando por el heroico ejemplo cubano, son tantas otras muestras de que el legado del gran maestro está más vivo que nunca.
 
El carácter decisivo de la acumulación capitalista, estudiada como nadie más en El Capital, era negada por todo el pensamiento de la burguesía y por los gobiernos de esa clase que afirmaban que la historia era movida por la pasión de los grandes hombres, las creencias religiosas, los resultados de heroicas batallas o imprevistas contingencias de la historia.

Marx sacó a la economía de las catacumbas y no sólo señaló su centralidad sino que demostró que toda la economía es política, que ninguna decisión económica está despojada de connotaciones políticas. 

Es más, que no hay saber más político y politizado que el de la economía, dando al traste con los tecnócratas de ayer y hoy que sostienen que sus planes de ajuste y sus absurdas elucubraciones econométricas obedecen a meros cálculos técnicos y que son políticamente neutros. 

Hoy ya nadie cree seriamente en esas patrañas, ni siquiera los personeros de la derecha (aunque se abstengan de confesarlo). 

Podría decirse, provocando la sonrisa socarrona de Marx desde el más allá, que hoy son todos marxistas pero a la Monsieur Jordan, ese personaje de El Burgués Gentilhombre de Moliere, que hablaba en prosa sin saberlo. Por eso cuando estalló la nueva crisis general del capitalismo todos corrieron a comprar El Capital, comenzando por los gobernantes de los capitalismos metropolitanos. Es que la cosa era, y es, muy grave como para perder el tiempo leyendo las boberías de Milton Friedman, Friedrich von Hayek o las monumentales sandeces de los economistas del FMI, el Banco Mundial o el Banco Central Europeo, tan ineptos como corruptos y que por causa de ambas cosas no fueron capaces de pronosticar la crisis que, como un tsunami, está arrasando los capitalismos metropolitanos. 

Por eso, por méritos propios y por vicios ajenos Marx está más vivo que nunca y el faro de su pensamiento arroja una luz cada vez más esclarecedora sobre las tenebrosas realidades del mundo actual.
 
Atilio A. Borón es Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.

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Gaddafi y la putrefacción moral del imperio

lunes, 24 de octubre de 2011

Gaddafi y la putrefacción moral del imperio

El brutal asesinato de Muamar Al Gaddafi a manos de una jauría de mercenarios organizados y financiados por los gobiernos ”democráticos” de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña actualiza dolorosamente la vigencia de un viejo aforismo: ”socialismo o barbarie.” No sólo eso: también confirma otra tesis, ratificada una y otra vez que dice que los imperios en decadencia procuran revertir el veredicto inexorable de la historia exacerbando su agresividad y sus atropellos en medio de un clima de insoportable descomposición moral.


Ocurrió con el imperio romano, luego con el español, más tarde con el otomano, después con el británico, el portugués y hoy está ocurriendo con el norteamericano. No otra es la conclusión que puede extraerse al mirar los numerosos videos que ilustran la forma en que se ”hizo justicia” con Gaddafi, algo que descalifica irreparablemente a quienes se arrogan la condición de representantes de los más elevados valores de la civilización occidental. Sobre ésta cabría recordar la respuesta que diera el Mahatma Gandhi a la pregunta de un periodista, interesado en conocer la opinión del líder asiático sobre el tema: ”es una buena idea”, respondió con sorna.


El imperialismo necesitaba a Gaddafi muerto, lo mismo que Bin Laden. Vivos eran un peligro inmediato, porque sus declaraciones en sede judicial ya no serían tan fácil de ocultar ante la opinión pública mundial como lo fue en el caso de Sadam Hussein. Si Gaddafi hablaba podría haber hecho espectaculares revelaciones, confirmando numerosas sospechas y abonando muchas intuiciones que podrían haber sido documentadas contundentemente por el líder libio, aportando nombres de testaferros imperiales, datos de contratos, comisiones y coimas pagadas a gestores, cuentas en las cuales se depositaron los fondos y muchas cosas más.

Podríamos haber sabido que fue lo que Estados Unidos le ofreció a cambio de su suicida colaboración en la ”lucha contra el terrorismo”, que permitió que en Libia se torturara a los sospechosos que Washington no podía atormentar en Estados Unidos. Habríamos también sabido cuánto dinero aportó para la campaña presidencial de Sarkozy y qué obtuvo a cambio; cuáles fueron los términos del arreglo con Tony Blair y la razón por la cual hizo donativos tan generosos a la London School of Economics; cómo se organizó la trata de personas para enviar jovencitas al decrépito fauno italiano, Silvio Berlusconi , y tantas cosas más. Por eso era necesario callarlo, a como diera lugar.

El último Gaddafi, el que se arroja a los brazos de los imperialistas, cometió una sucesión de errores impropios de alguien que ya venía ejerciendo el poder durante treinta años, sobre todo si se tiene en cuenta que el poder enseña. Primer error: creer en la palabra de los líderes occidentales, mafiosos de cuello blanco a los cuales jamás hay que creerles porque más allá de sus rasgos individuales –deleznables salvo alguna que otra excepción- son la personificación de un sistema intrínsecamente inmoral, corrupto e irreformable.

Le hubiera venido bien a Gaddafi recordar aquella sentencia del Che Guevara cuando decía que ”¡no se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así!” Y él confió. Y al hacerlo cometió un segundo error: desarmarse. Si los canallas de la OTAN pudieron bombardear a piacere  a Libia fue porque Gaddafi había desarticulado su sistema de defensa antiaérea y ya no tenía misiles tierra-aire. ”Ahora somos amigos”, le dijeron Bush, Obama, Blair, Aznar, Zapatero, Sarkozy, Berlusconi, y él les creyó. Tercer error, olvidar que como lo recuerda Noam Chomsky Estados Unidos sólo ataca a rivales débiles e inermes, o que los considera como tales. Por eso pudo atacar a Irak, cuando ya estaba desangrado por la guerra con Irán y largos años de bloqueo. Por eso no ataca a Cuba, porque según los propios reportes de la CIA ocupar militarmente a la isla le costaría un mínimo de veinte mil muertos, precio demasiado caro para cualquier presidente.

Los imperialistas le negaron a Gaddafi lo que le concedieron a los jerarcas nazis que aniquilaron a seis millones de judíos. ¿Fueron sus crímenes más monstruosos que las atrocidades de los nazis? Y el Fiscal General de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, mira para otro lado cuando debería iniciar una demanda en contra del jefe de la OTAN, causante de unas 70.000 muertes de civiles libios. En una muestra de repugnante putrefacción moral la Secretaria de Estado Hillary Clinton celebró con risas y una humorada la noticia del asesinato de Gaddafi. (Ver http://www.youtube.com/watch?v=Fgcd1ghag5Y)

Un poco más cautelosa fue la reacción del Tío Tom (el esclavo negro apatronado que piensa y actúa en función de sus amos blancos)  que habita en la Casa Blanca, pero que ya hace unas semanas se había mostrado complacido por la eficacia de la metodología ensayada en Libia, misma que advirtió podría ser aplicada a otros líderes no dispuestos a lamerle las botas al Tío Sam. Esta ocasional victoria, preludio de una infernal guerra civil que conmoverá a Libia y todo el mundo árabe en poco tiempo más, no detendrá la caída del imperio.

Mientras tanto, como lo observa un agudo filósofo italiano, Domenico Losurdo, el crimen de Sirte puso en evidencia algo impensable hasta hace pocos meses atrás: la superioridad moral de Gaddafi respecto a los carniceros de Washington y Bruselas. Dijo que lucharía hasta el final, que no abandonaría a su pueblo y respetó su palabra. Con eso le basta y sobra para erguirse por encima de sus victimarios.

Por:   Atilio A. Boron

octubre 24, 2011

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Sepa lo que es el capitalismo

lunes, 17 de mayo de 2010


El capitalismo tiene legiones de apologistas. Muchos lo hacen de buena fe,
producto de su ignorancia y por el hecho de que, como decía Marx, el
sistema es opaco y su naturaleza explotadora y predatoria no es evidente
ante los ojos de mujeres y hombres. Otros lo defienden porque son sus
grandes beneficiarios y amasan enormes fortunas gracias a sus injusticias
e inequidades.

Hay además otros ("gurúes" financieros, "opinólogos", "periodistas
especializados", académicos "bienpensantes" y los diversos exponentes del
"pensamiento único") que conocen perfectamente bien los costos sociales
que en términos de degradación humana y medioambiental impone el sistema.
Pero están muy bien pagados para engañar a la gente y prosiguen
incansablemente con su labor. Ellos saben muy bien, aprendieron muy bien,
que la "batalla de ideas" a la cual nos ha convocado Fidel es
absolutamente estratégica para la preservación del sistema, y no cejan en
su empeño.

Para contrarrestar la proliferación de versiones idílicas acerca del
capitalismo y de su capacidad para promover el bienestar general
examinemos algunos datos obtenidos de documentos oficiales del sistema de
Naciones Unidas. Esto es sumamente didáctico cuando se escucha, máxime en
el contexto de la crisis actual, que la solución a los problemas del
capitalismo se logra con más capitalismo; o que el G-20, el FMI, la
Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, arrepentidos de sus
errores pasados, van a poder resolver los problemas que agobian a la
humanidad. Todas estas instituciones son incorregibles e irreformables, y
cualquier esperanza de cambio no es nada más que una ilusión. Siguen
proponiendo lo mismo, sólo que con un discurso diferente y una estrategia
de "relaciones públicas" diseñada para ocultar sus verdaderas intenciones.
Quien tenga dudas mire lo que están proponiendo para "solucionar" la
crisis en Grecia: ¡las mismas recetas que aplicaron y siguen aplicando en
América Latina y África desde los años ochenta!

A continuación, algunos datos (con sus respectivas fuentes) recientemente
sistematizados por CROP, el Programa Internacional de Estudios
Comparativos sobre la Pobreza radicado en la Universidad de Bergen,
Noruega. CROP está haciendo un gran esfuerzo para, desde una perspectiva
crítica, combatir el discurso oficial sobre la pobreza elaborado desde
hace más de treinta años por el Banco Mundial y reproducido
incansablemente por los grandes medios de comunicación, autoridades
gubernamentales, académicos y "expertos" varios.

Población mundial: 6800 millones, de los cuales

* 1020 millones son desnutridos crónicos (FAO, 2009)
* 2000 millones no tienen acceso a medicamentos (www.fic.nih.gov)
* 884 millones no tienen acceso a agua potable (OMS/UNICEF 2008)
* 924 millones "sin techo" o en viviendas precarias (UN Habitat 2003)
* 1600 millones no tienen electricidad (UN Habitat, "Urban Energy")
* 2500 millones sin sistemas de dreanajes o cloacas (OMS/UNICEF 2008)
* 774 millones de adultos son analfabetos (www.uis.unesco.org)
* 18 millones de muertes por año debido a la pobreza, la mayoría de niños
menores de 5 años. (OMS)
* 218 millones de niños, entre 5 y 17 años, trabajan a menudo en
condiciones de esclavitud y en tareas peligrosas o humillantes como
soldados, prostitutas, sirvientes, en la agricultura, la construcción o en
la industria textil (OIT: La eliminación del trabajo infantil: un objetivo
a nuestro alcance, 2006).
* Entre 1988 y 2002, el 25 % más pobre de la población mundial redujo su
participación en el ingreso mundial desde el 1.16 por ciento al 0.92%,
mientras que el opulento 10% más rico acrecentó sus fortunas pasando de
disponer del 64,7 al 71.1 % de la riqueza mundial. El enriquecimiento de
unos pocos tiene como su reverso el empobrecimiento de muchos.
* Ese solo 6.4 % de aumento de la riqueza de los más ricos sería
suficiente para duplicar los ingresos del 70 % de la población mundial,
salvando innumerables vidas y reduciendo las penurias y sufrimientos de
los más pobres. Entiéndase bien: tal cosa se lograría si tan sólo se
pudiera redistribuir el enriquecimiento adicional producido entre 1988 y
2002 del 10 % más rico de la población mundial, dejando intactas sus
exorbitantes fortunas. Pero ni siquiera algo tan elemental como esto es
aceptable para las clases dominantes del capitalismo mundial.

Conclusión: si no se combate a la pobreza (¡ni se hable de erradicarla
bajo el capitalismo!) es porque el sistema obedece a una lógica implacable
centrada en la obtención del lucro, lo que concentra la riqueza y aumenta
incesantemente la pobreza y la desigualdad económico-social.

Después de cinco siglos de existencia esto es lo que el capitalismo tiene
para ofrecer. ¿Qué esperamos para cambiar al sistema? Si la humanidad
tiene futuro, será claramente socialista. Con el capitalismo, en cambio,
no habrá futuro para nadie. Ni para los ricos ni para los pobres. La
sentencia de Friedrich Engels, y también de Rosa Luxemburgo: "socialismo o
barbarie", es hoy más actual y vigente que nunca. Ninguna sociedad
sobrevive cuando su impulso vital reside en la búsqueda incesante del
lucro, y su motor es la ganancia. Más temprano que tarde provoca la
desintegración de la vida social, la destrucción del medio ambiente, la
decadencia política y una crisis moral. Todavía estamos a tiempo, pero ya
no queda demasiado.
http://www.nodo50.org/ciencia_popular/

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