“Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza.” A.Gramsci.
POR LA UNIDAD DE LOS Y LAS COMUNISTAS
" PORQUE HACER ES LA MEJOR MANERA DE DECIR "
Internacionalista " Che Guevara "
UN FANTASMA RECORRE EL MON
PROLETARIS DEL MON , UNIO-VOS
" Los Comunistas no hacen la Revolución, la organizan."
" La unidad es necesaria para la clase obrera. La unidad sólo puede realizarse mediante una organización única, cuyos acuerdos cumplan concienzuda y voluntariamente todos los obreros conscientes. Discutir el problema, expresar y oír opiniones distintas, conocer el criterio de la mayoría de los marxistas organizados, estampar este criterio en una resolución y cumplir honestamente esa resolución es lo que se llama unidad en todas las partes del mundo y por toda la gente sensata. Y esta unidad es infinitamente valiosa e importante para la clase obrera."
Defender a Venezuela
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Venezuela necesita la solidaridad de los pueblos de América Latina y el
Caribe. La misma solidaridad que ese país ha brindado al ...
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VOLVIERON
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*¡VOLVIERON!*
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Desde todo el mundo llegan mensajes ...
Comunicat de dissolució del PCC
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L’1 de novembre de 2014, el Partit dels i les Comunistes de Catalunya va
acordar la seva dissolució com a partit polític i la cessió de tot el seu
capital ...
Un verdadero ejemplo de virtudes revolucionarias
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*Un verdadero ejemplo de virtudes revolucionarias*
El Che, cuando empuñó de nuevo las armas, no estaba pensando en una
victoria inmediata, no estaba pensan...
Cuba, los “moderados” y la libertad de expresión
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Cuba, los “moderados” y la libertad de expresión. Por: Raúl Antonio Capote.
Era hora de cambiar y aparecieron de nuevo los “moderados”, los que nos
piden q...
CALLAR ES UNA OPCIÓN (Sábado 15-06-2013)
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Saturno y Ramón, también el Pica y Piñate, Oliveros Periquita, todos miembros
de la Escuelita un Grano de Maíz, todos supieron callar cuando la
Revolució...
Poetas del mundo, uníos para cantar a Marx, al joven Marx, al Marx adulto, al anciano Marx porque junto al combate está el canto del combate y junto a los porfiados hechos viven las tenaces palabras. Carlos Marx, sacaste a la luz la verdad que tantos siglos ocultaron: el motor de la historia es la lucha de clases y ante esta verdad cayeron las máscaras de la falsa libertad, la falsa igualdad, la falsa fraternidad. Llegaste del mármol de la filosofía al hierro de la economía. En tu obra los átomos de Demócrito giran y el río de Heráclito deviene; la lógica de Hegel contempla con asombro como la llevaron del cielo a la tierra y la economía enseña que el trabajo produce un valor que los voraces vampiros devoran. Fuiste el nadador profundo en los océanos del pensamiento y el accidentado caminante en los terrenos de la vida. La fiel Jenny te acompañó junto a los hijos que sobrevivieron y los hijos arrebatados por la miseria. Porque conociste la pobreza en carne propia y en la carne proletaria y viste como el capital humillaba y destruía la familia obrera. El capitalismo ahorcaría a los pobres si no necesitara del sudor de ellos mientras viven y de la sangre de ellos mientras agonizan. Marx: permíteme llamarte Carlos porque somos compañeros del mismo planeta y aguardamos la llama del mundo posible. Viajaste por tierras de Europa perseguido por quienes vieron en ti el heraldo de la verdad, ese que descubre las trampas y avisa a alas víctimas, ese que no renuncia a la antorcha que lleva. El generoso y abnegado Engels afianzó tu vida y hombro con hombro levantó contigo la invencible muralla del Manifiesto. Es el largo camino que va del infierno capitalista al paraíso del socialismo. Es un camino en que avanzamos con puños y piedras, con combates y banderas. Y al borde del camino acechan el revisionismo, el dogmatismo, el entreguismo como serpientes que estrangulan con sus fuertes anillos. Vamos de la injusticia a la justicia, de la desigualdad a la igualdad, del egoísmo a la fraternidad. El marxismo es el más alto humanismo en que cada hombre tiene su propio ser y el ser de todos. Desde el pretérito hacia el futuro llega Marx con su frente de roca, sus ojos de león y sus barbas torrenciales. EL combatiente del siglo XIX es el combatiente de todos los siglos. Las ideas no mueren. Las ideas siguen vivas sobre los cuerpos de los perseguidos y los desaparecidos, sobre las derrotas y sobre las victorias. El capitalismo sólo puede ganar dinero. Los hombres verdaderos tienen un mundo que ganar y junto contigo, Marx, asaltarán el cielo.
Fernando Lamberg
( escritor chileno , premio de poesía Casa de las americas )
El resurgimiento de la teoría del imperialismo está modificando el análisis de la globalización. Esta concepción explica la polarización mundial de ingresospor la transferencia sistemática de recursos de los países periféricos hacia los capitalistas del centro. Esta asimetría acentúa la dependencia y provoca agudas crisis en Latinoamérica, que se profundizarán si se consuma el proyecto del ALCA. El correlato político de esta iniciativa es un proceso de recolonización política y su consecuencia militar es la intervención más abierta del gendarme norteamericano. La dominación imperialista no es una fatalidad, ni obedece a una superioridad cultural de los países avanzados.
La mayor asociación entre las clases dominantes del centro y la periferia coexiste con la profundización de la brecha entre ambas regiones. Esta fractura desmiente la existencia de un proceso de transnacionalización uniforme. La incapacidad de las burguesías del Tercer Mundo para erigir sistemas capitalistas prósperos no puede ser corregida por otros grupos sociales.
Un segundo aspecto de la teoría del imperialismo esclarece las relaciones prevalecientes entre las potencias en cada etapa del capitalismo. Existe un intenso debate sobre la evolución contemporánea de estas vinculaciones. La tesis de la concurrencia interimperialista refuta los mitos neoliberales de la globalización, pero no explica las razones que inhiben la confrontación bélica entre estados rivales. El enfoque transnacionalista registra la creciente integración de capitales, pero desconoce que la competencia continúa mediada por las clases y los estados nacionales. Esta omisión adopta formas extremas en la teoría del Imperio de A. Negri. La visión superimperialista constata la evidente hegemonía norteamericana, pero desconoce que este liderazgo no ha creado relaciones de dominación entre los países desarrollados comparables a las vigentes en la periferia.
Un enfoque adecuado del imperialismo contemporáneo requiere interpretar cómo se combinan las tendencias a la rivalidad, la integración y la hegemonía con las nuevas formas de funcionamiento del capitalismo. Las analogías corrientes con la decadencia romana oscurecen esta indagación.
Los antagonistas sociales y políticos del imperialismo están recobrando fuerzas en todo el mundo, a través de la protesta global, la recuperación de la clase obrera y las rebeliones en la periferia. Un proceso de maduración política socialista comienza a notarse en las discusiones sobre el internacionalismo, el programa antiimperialista, el carácter del estado y los sujetos de la transformación social.
El renovado interés que suscita el estudio del imperialismo está modificando el debate sobre la globalización, hasta ahora exclusivamente centrado en la crítica al neoliberalismo y el análisis de los rasgos novedosos de la mundialización. Una noción desarrollada por los teóricos marxistas de principios del siglo XX -que alcanzó gran difusión durante los 70- despierta nuevamente la atención de los investigadores, ante el agravamiento de la crisis social del Tercer Mundo, la multiplicación de conflictos bélicos y la competencia descarnada entre corporaciones.
El imperialismo es una noción que conceptualiza dos tipos de problemas.. Por un lado, las relaciones de dominación vigentes entre los capitalistas del centro y los pueblos periféricos y por otra parte, las vinculaciones prevalecientes entre las grandes potencias en cada etapa del capitalismo. ¿Qué actualidad presenta esta teoría? ¿En qué medida contribuye a esclarecer la realidad contemporánea?
UNA EXPLICACIÓN DE LA POLARIZACIÓN MUNDIAL.
La polarización mundial de los ingresos confirma la importancia de esta concepción en su primer sentido. Cuándo la fortuna de 3 multimillonarios sobrepasa el PBI de 48 naciones y cada cuatro segundos un individuo de la periferia muere de hambre, resulta difícil ocultar que el ensanchamiento de la brecha entre los países avanzados y subdesarrollados obedece a relaciones de opresión. Ya es indiscutible que esta asimetría no es un acontecimiento “pasajero”, ni será corregida por el “derrame” de los beneficios de la globalización. Los países periféricos no son sólo “perdedores” de la mundialización, sino que soportan una intensificación de las transferencias de recursos que históricamente frustraron su crecimiento.
Este drenaje ha provocado la duplicación de la miseria extrema en las 49 naciones más empobrecidas y mayores deformaciones en la acumulación fragmentaria de los países dependientes semiindustrializados. En este segundo caso, la prosperidad de los sectores insertos en la división internacional del trabajo se consuma en desmedro de las actividades económicas destinadas a los mercados internos.
El análisis del imperialismo no ofrece una interpretación conspirativa del subdesarrollo, ni exculpa a los gobiernos locales de esta situación. Simplemente aporta una explicación de porqué la acumulación se polariza a escala mundial, reduciendo las posibilidades de nivelación entre economías disímiles. El margen de crecimiento acelerado que permitió en el siglo XIX a Alemania o Japón alcanzar el status de potencia que ya detentaban Francia o Gran Bretaña, no se encuentra hoy al alcance de Brasil, la India o Corea.
El mapa mundial ha quedado moldeado por una ”arquitectura estable” del centro y una “geografía variable” del subdesarrollo, dónde sólo caben modificaciones del status periférico de cada país dependiente .
La teoría del imperialismo atribuye estas asimetrías a la transferencia sistemática del valor creado en la periferia hacia los capitalistas del centro. Estas traslaciones se concretan a través del deterioro de los términos de intercambio comercial, la succión de recursos financieros y la remisión de utilidades industriales. El correlato político de este drenaje es la pérdida de autonomía política de las clases dominantes periféricas y la intervención militar creciente del gendarme norteamericano. Estos tres rasgos del imperialismo contemporáneo se observan con nitidez en la realidad latinoamericana.
LAS CONTRADICCIONES DE LAS ECONOMÍAS PERIFÉRICAS.
Desde la mitad de los 90 América Latina ha padecido las consecuencias del colapso de los “mercados emergentes”. La mayor parte de las naciones afectadas sufrieron agudas crisis, precedidas por la fuga de capitales y seguidas por devaluaciones que potenciaron la inflación y contrajeron el poder adquisitivo. Estos desplomes provocaron quiebras bancarias, cuyo socorro estatal agravó el agobio de la deuda pública, obstaculizó la aplicación de políticas reactivantes y acentuó la pérdida de soberanía monetaria y fiscal.
Estas crisis obedecen a la dominación imperialista y no exclusivamente a la instrumentación de políticas neoliberales, que también han prevalecido en los países centrales. Los desmoronamientos que soporta la periferia latinoamericana son muy superiores a los desequilibrios predominantes en Estados Unidos, Europa o Japón, porque están caracterizados por el derrumbe periódico de los precios de las materias primas exportadas, la periódica cesación de pagos de la deuda y la desarticulación de la industria local. La periferia es más vulnerable a las turbulencias financieras internacionales, porque su ciclo económico depende del nivel de actividad de las economías avanzadas. Además, el avance de la mundialización acentúa esta fragilidad, al profundizar la segmentación de la actividad industrial, la concentración del trabajo calificado en el centro y el ensanchamiento de los desniveles de consumo.
La dominación imperialista le permite a las economías desarrolladas transferir parte de sus propios desequilibrios a los países dependientes. Esta traslación explica el carácter asimétrico y no generalizado que presenta hasta el momento la recesión internacional en curso. Mientras que una crisis equivalente al 30 ya se ha registrado en la periferia, esta caída constituye sólo una eventualidad para el centro. Las mismas políticas de privatización no han producido tampoco descalabros semejantes en ambas regiones. El thatcherismo aumentó la pobreza en Gran Bretaña, pero ha desencadenado la desnutrición y la indigencia en la Argentina; el ensanchamiento de la brecha distributiva deterioró los salarios en Estados Unidos, pero desató la miseria y emigración masiva en México; la apertura comercial debilitó a la economía japonesa, pero condujo a la devastación de Ecuador. Estas diferencias responden al carácter estructuralmente central o periférico de cada país en el orden mundial.
La dependencia es una causa central de la gran regresión que soporta Latinoamérica desde mitad de los 90, luego del corto alivio que generó la afluencia de capitales de corto plazo. La región ha vuelto a la dramática situación de la “década pérdida” de los 80. El PBI regional se mantuvo estancado en 0,3% durante el año pasado y volverá a situarse en 0,5% en el 2002. Luego de cuatro años de salidas netas de capital, el ingreso de inversiones se ha estancado y la especialización productiva en actividades básicas afianza el deterioro comercial (las sumas remitidos por emigrantes en Estados Unidos ya superan en muchos países las divisas generadas por sus exportaciones). Cómo resultado de esta crisis, tan solo 20 de los 120 títulos de compañías latinoamericanas que se negociaban en las Bolsas mundiales hace una década continúan comercializándose en la actualidad.
La dominación imperialista es el origen de los grandes desequilibrios económicos que derivan en déficit comercial (México), descontrol fiscal (Brasil) o depresión productiva (Argentina). Actualmente estas conmociones han desatado una sucesión de colapsos que irradian desde el Cono Sur, desestabilizando a la economía uruguaya y amenazando a Perú y Brasil.
Los economistas neoliberales se esfuerzan por analizar las excepciones de esta crisis, ni comprender la regla general de estos desequilibrios. Al ignorar la opresión del imperialismo tienden a cambiar frecuentemente de opinión y denigran con inusitada rapidez los modelos económicos que antes elogiaban.
Pero evadir el análisis del imperialismo se ha vuelto prácticamente imposible desde el lanzamiento del ALCA. Este proyecto estratégico de dominación norteamericana apunta a expandir las exportaciones estadounidenses para bloquear la concurrencia europea y consolidar el control de la primer potencia de todos los negocios lucrativos de la región (privatizaciones faltantes, contratos privilegiados en el sector públicos, pagos de patentes).
El ALCA es un tratado neocolonial que impone la apertura comercial latinoamericana sin ninguna contrapartida estadounidense. Para lograr el “fast track” (autorización legislativa para negociar rápidamente acuerdos con cada país), Bush- introdujo recientemente nuevas cláusulas que impiden la transferencia de alta tecnología a Latinoamérica y traban el ingreso de 293 productos regionales al mercado estadounidense. Estas barreras arancelarias afectan particularmente a los insumos siderúrgicos, textiles y agrícolas. Además, ha puesto en marcha un programa de mayores subsidios al agro, que en la próxima década propinarán un golpe mortal a las exportaciones zonales de soja, trigo y maíz
El ALCA desenmascara el doble discurso imperialista, que incentiva la apertura comercial en el exterior y el proteccionismo en casa. La implementación del acuerdo provocaría un colapso de países medianamente industrializados como Brasil y de asociaciones regionales como el Mercosur, mientras que sólo permitiría una débil adaptación al convenio de las economías pequeñas o complementarias en rubros muy específicos con Estados Unidos.
Al cabo de una década de neoliberalismo, el mensaje imperialista de apertura comercial ya no engaña a nadie. Es evidente que la prosperidad de un país no depende de su “presencia en el mundo”, sino de la modalidad de esta inserción. Africa, por ejemplo, detenta una tasa de comercio extraregional en proporción al PBI (45,6%) muy elevada en comparación a Europa (13,8%) o Estados Unidos (13,2%) y es la región más empobrecida del planeta . Este caso extremo de subordinación desfavorable a la división internacional del trabajo ilustra la situación de dependencia general que soportan las economías periféricas.
El correlato político de la dominación económica imperialista es una recolonización de la periferia, que se apoya en la creciente asociación de las clases dominantes locales con sus socios del norte. Este entrelazamiento es consecuencia de la dependencia financiera, la entrega de los recursos naturales y la privatización de los sectores estratégicos de la región. La pérdida de la soberanía económica le otorgó al FMI un manejo directo de la gestión macroeconómica y al Departamento de Estado una incidencia equivalente sobre las decisiones políticas. Ya ningún presidente latinoamericano adopta resoluciones de importancia sin consultar la opinión de la embajada norteamericana. La prédica de los medios de comunicación y de la intelectualidad americanizada ha contribuido a naturalizar esta subordinación.
A diferencia del período 1940-70, los capitalistas latinoamericanos no propugnan reforzar los mercados internos mediante la sustitución de importaciones. Su prioridad es la vinculación con las corporaciones extranjeras, porque la clase dominante regional es también parcialmente acreedora de la deuda externa y se ha beneficiado con la desregulación financiera, las privatizaciones y la flexibilización laboral. Existe incluso una capa de funcionarios que es más fiel a los organismos imperialistas que a sus estados nacionales. Cómo han sido educados en las universidades norteamericanas, adiestrados en los organismos internacionales y entrenados en las grandes corporaciones, sus carreras están más atadas al futuro de estas instituciones que a la salud de los estados que gobiernan.
Pero esta generalizada recolonización también acentúa el descalabro del sistema político de la región. La pérdida de legitimidad que soportan los gobiernos servidores del FMI produjo en los últimos dos años el colapso de los regímenes de cuatro países (Paraguay, Ecuador, Perú, Argentina).
Al cabo de un largo proceso de erosión de la autoridad de los partidos tradicionales, los gobiernos se tornan frágiles, los regímenes tienden a disgregarse y algunos estados se desmoronan. Esta secuencia corona el vaciamiento de instituciones, que ya no receptan ningún reclamo popular y que simplemente operan como agentes del imperialismo. A medida que la fachada constitucional pierde relevancia, también el Departamento de Estado norteamericano alienta un retorno a las prácticas golpistas del pasado, aunque encubriendo ahora el viejo autoritarismo con nuevos artificios constitucionalistas.
Esta línea de acción ya fue visible en el reciente intento golpista de Venezuela. Desplazar al gobierno nacionalista de ese país es una prioridad del gobierno estadounidense para reforzar el embargo contra Cuba, desarticular al zapatismo, condicionar una victoria electoral del PT en Brasil e imponer un gran escarmiento a la rebelión popular argentina. La diplomacia norteamericana ha comenzado incluso a evaluar la posibilidad de restaurar los viejos protectorados, en los estados que considera definitivamente “fracasados”. Colombia y Haití son los primeros candidatos a este ensayo neocolonial, que también podría ponerse en práctica en Yugoslavia, Ruanda, Afganistán, Somalia y Sierra Leona. Recientemente la Argentina ha empezado a figurar entre las naciones incluidas en este proyecto de administración virreinal . Estas alternativas también suponen una mayor ingerencia directa del gendarme norteamericano.
EL INTERVENCIONISMO MILITAR.
El “Plan Colombia” es el principal ensayo de esta intervención bélica en Latinoamérica. El Pentágono ya dejó de lado el pretexto del narcotráfico y luego de forzar la ruptura de las negociaciones de paz ha iniciado una campaña militar contra la guerrilla. El cuidado por minimizar la presencia directa de tropas norteamericanas apunta a reducir la pérdida de vidas estadounidenses (“síndrome de Vietnam”) mediante un mayor desangre de los “nativos”.
Con la guerra en Colombia se busca restaurar la autoridad de un estado desmembrado y recomponer la apropiación imperialista de los recursos estratégicos. Como lo prueba la conspiración en Venezuela, estas acciones también apuntan a garantizar el aprovisionamiento petrolero de Estados Unidos. Para asegurar este abastecimiento, la CIA ya instaló también un centro estratégico en Ecuador y audita desde la vecindad fronteriza todo el territorio mexicano.
El imperialismo está embarcado en modernizar sus bases militares con efectivos de alta movilidad. Por eso descentralizó el viejo comando de Panamá e instaló nuevos dispositivos en Vieques, Mantas, Aruba y El Salvador. A través de una red de 51 instalaciones en todo el planeta, las tropas norteamericanas realizan ejercicios que involucran desplazamientos simultáneos diarios de 60.000 efectivos en 100 países . Un objetivo siempre presente es la agresión contra Cuba, a través del sabotaje terrorista o algún renovado plan de la invasión.
Este giro belicista se acentuó luego del 11 de septiembre, porque Estados Unidos apuesta a reactivar su economía mediante el rearme y tiene en carpeta planes de guerra contra Irak, Irán, Corea del Norte, Siria y Libia. Con el 5 % de la población mundial, la principal potencia absorbe el 40% del gasto militar total y se ha lanzado a reacondicionar submarinos, diseñar nuevos aviones y testear en un programa de “guerra de las galaxias” las nuevas aplicaciones de las tecnologías de la información.
Este relanzamiento militar es la respuesta imperialista a la desintegración de estados, economías y sociedades periféricas, que provoca el creciente ejercicio de la dominación sobre la periferia. Por eso, la actual “guerra total contra el terrorismo” presenta tantas similitudes con las viejas campañas coloniales. Nuevamente se diaboliza al enemigo y se justifican masacres de la población civil en el frente y restricciones de los derechos democráticos en la retaguardia. Pero cuánto más se avanza en la destrucción del enemigo “terrorista”, mayor es la desarticulación política y social en los escenarios de este atropello. El estado general de guerra perpetúa la inestabilidad, provocada por la depredación económica, la balcanización política y la devastación social de la periferia .
Estos efectos son muy visibles en América Latina y Medio Oriente, dos zonas que tienen relevancia estratégica para el Pentágono, porque detentan recursos petroleros y representan importante mercados frente a la competencia europea y japonesa.
Debido a esta significación estratégica constituyen centros de la dominación imperialista y sufren procesos muy semejantes de desarticulación estatal, debilitamiento económico de la clase dominante local y pérdida de autoridad de los representantes políticos tradicionales.
La expropiación económica, la recolonización política y el intervencionismo militar conforman el triple pilar del imperialismo actual. Muchos analistas se limitan a describir resignadamente esta opresión como un destino inexorable. Algunos presentan la fractura entre “ganadores y perdedores” de la globalización como un “costo del desarrollo”, sin explicar porqué este precio se perpetúa a lo largo del tiempo y recae siempre sobre las naciones que ya cargaron en el pasado con ese padecimiento.
Los neoliberales tienden a pronosticar que el fin del subdesarrollo sobrevendrá en los países periféricos que apuesten a la “atractividad” del capital extranjero y a la “seducción” de las corporaciones. Pero las naciones dependientes que intentaron este camino en la última década abriendo sus economías soportan hoy la factura más pesada de las “crisis emergentes”. Quiénes más se embarcaron en la privatización, más posiciones económicas perdieron en el mercado mundial. Al otorgar mayores facilidades al capital imperialista removieron las barreras que limitaban la depredación de sus recursos naturales y por eso, ahora padecen un intercambio comercial más asimétrico, un vaciamiento financiero más intenso y una desarticulación industrial más acentuada.
Algunos neoliberales atribuyen estos efectos a la limitada aplicación de sus recomendaciones, cómo si una década de nefastos experimentos no brindara suficientes lecciones del resultado de sus recetas. Otros sugieren que el subdesarrollo constituye una fatalidad derivada del temperamento desganado de la población periférica, del peso de la corrupción o de la inmadurez cultural de los pueblos del Tercer Mundo. En general, la argumentación colonialista ha cambiado de estilo, pero su contenido se mantiene invariable. Ya no justifica la superioridad del conquistador en la pureza racial, sino en su acervo de conocimientos o en la calidad de sus comportamientos.
TRANSNACIONALIZACION IMPERIAL.
T.Negri y M.Hardt presentan un cuestionamiento más serio a la teoría del imperialismo, porque estiman que la globalización diluye las fronteras entre el Primer y Tercer Mundo. Consideran que un nuevo capital global actúa en torno a la ONU, el G 8, el FMI y la OMC y ha creado una soberanía imperial, que enlaza a las fracciones dominantes del centro y la periferia en un mismo sistema de opresión mundial.
Esta caracterización supone la existencia de cierta homogeinización del desarrollo capitalista, que resulta muy difícil de verificar. Todos los datos de inversión, ahorro o consumo confirman la contundente ampliación de los desniveles entre las economías centrales y periféricas e indican que los procesos de acumulación y crisis también se polarizan. No sólo la prosperidad norteamericana de la última década contrastó con el derrumbe generalizado de las naciones subdesarrolladas, sino que el colapso social de la periferia no tiene por ahora equivalentes en Europa. Tampoco existe ningún indicio de convergencia del status de la burguesía venezolana y estadounidense o de asimilación de la crisis argentina a la japonesa. Lejos de uniformar la reproducción del capital en un horizonte común, la mundialización profundiza la creciente dualización de este proceso a escala planetaria.
Es cierto que la asociación entre las clases dominantes de la periferia y las grandes corporaciones es más estrecha y que la pobreza se extendió en el corazón del capitalismo avanzado. Pero estos procesos no convierten a ningún país dependiente en central, ni tampoco tercermundizan a las potencias metropolitanas. El mayor entrelazamiento entre las clases dominantes coexiste con la consolidación de la brecha histórica que separa a los países desarrollados y atrasados. Por eso, el capitalismo no se nivela, ni se fractura en torno a un nuevo eje trasnacional, sino que se desenvuelve ahondando la polarización forjada durante el siglo pasado.
La mayor evidencia de esta persistente organización jerárquica del mercado mundial es el poder detentado por los capitalistas de una veintena de naciones sobre los restantes 200 países. Ejercen su dominación militar a través del Consejo de Seguridad de la ONU, imponen su hegemonía comercial por medio de la OMC y afianzan su control financiero con el FMI.
Al analizar los vínculos predominantes entre las clases dominantes, la tesis transnacionalista confunde asociación con la equiparación del poder. Qué un sector de los grupos capitalistas de la periferia incremente su integración con sus aliados del centro no los convierte en partícipes de la dominación global, ni diluye su debilidad estructural. Mientras que las corporaciones norteamericanas explotan a los trabajadores latinoamericanos, la burguesía ecuatoriana o brasileña no participa de la expropiación del proletariado estadounidense. Aunque el salto registrado en la internacionalización de la economía es muy significativo, los capitales continúan operando en el marco de un orden imperialista que fractura al centro de la periferia.
Algunos autores sostienen que la transnacionalización del capital se ha extendido a las clases y a los estados, creando un nuevo corte transversal de dominación global que atraviesa a todos los países y estratos sociales .
Esta tesis identifica a los procesos de integración regional con la “transnacionalización” social y estatal, sin percibir la diferencia cualitativa que separa la asociación entre grupos imperialistas de la recolonización periférica. La Unión Europea y el ALCA, por ejemplo, no forman parte de una misma tendencia hacia la “transnacionalización”, sino que constituyen expresiones de dos procesos muy distintos. No es lo mismo una alianza entre sectores dominantes en el mercado mundial que un plan neocolonial de una potencia.
En realidad, sólo la alta burocracia de los países periféricos también perteneciente a los organismos internacionales constituye un grupo social plenamente “transnacionalizado”. La lealtad de este sector hacia el FMI o la OMC es mayor que hacia los estados nacionales que manejan y se podría incluso caracterizar que el comportamiento y las perspectivas de estos funcionarios anticipa el curso futuro de las clases capitalistas del Tercer Mundo. Pero esta evolución constituye una posibilidad y no representa todavía una realidad verificable, especialmente en los países de la periferia superior (como Brasil o Corea del Sur), cuya clase dominante está muy enlazada con los procesos de acumulación dependientes de los mercados internos. La situación es completamente diferente en las economías de pequeños países (por ejemplo de Centroamérica), altamente integrados al mercado de una gran potencia. Estas diferencias desmienten la existencia de un proceso general o uniforme de transnacionalización.
Algunos defensores de la tesis imperial afirman que el grado de ensamble efectivo entre las clases centrales y periféricas es superior a lo que indican los parámetros obsoletos de las cuentas nacionales. Y es cierto que estas categorías ya son insuficientes para evaluar el curso de la mundialización actual, pero complementan a otros indicadores contundentes de la brecha entre el centro y la periferia. La profundización de estas desigualdades se verifica en cualquier plano de productividad, ingresos, consumo o acumulación.
Es por otra parte falso, suponer que un “nuevo estado global” ha sustituido la distinción entre estados dominantes y recolonizados. Esta diferencia se verifica en la irrelevante influencia que tienen las burguesías del Tercer Mundo en cualquier decisión de la ONU, el FMI, la OMC o el BM. Las clases dominantes de la periferia no son víctimas del subdesarrollo y lucran ampliamente con la explotación de los trabajadores de sus países. Pero esta participación no les otorga ninguna gravitación en la dominación mundial.
La tesis del imperio ignora este rol marginal y desconoce la perdurabilidad del dominio imperialista en los sectores estratégicos de la periferia. No registra que esta sujeción no es ya puramente colonial, ni está exclusivamente centrada en la apropiación de las materias primas o el manejo territorial directo, pero subsiste como mecanismo de control metropolitano de los sectores estratégicos de los países subdesarrollados .
Esta dominación no se ejerce a través de un misterioso “poder global”, sino por medio de la acción militar y diplomática de cada potencia en sus áreas de mayor influencia. El rol de Estados Unidos es más nítido en el “Plan Colombia” que en el conflicto de los Balcanes y el papel de Europa es más definido en las crisis del Mediterráneo que en el desarrollo del ALCA.
Esta especificidad deriva de los intereses que cada grupo imperialista canaliza a través de sus estados en acciones geopolíticas, que los teóricos del imperio no pueden percibir.
¿UN RETORNO AL CAPITALISMO INDUSTRIALISTA?
La mayor parte de los críticos del neoliberalismo en la periferia reconocen que la dependencia persiste como una causa central del subdesarrollo. Pero proponen superar esta sujeción mediante la construcción de “otro capitalismo”. Ya no vislumbran un proyecto totalmente nacional, autónomo y centrado en la “sustitución de importaciones” -como sus antecesores de la CEPAL- pero si un modelo regional, regulado y basado en los mercados internos. Auspician esquemas keynesianos, para erigir ”estados de bienestar en la periferia”, sostenidos en transformaciones institucionales (erradicar la corrupción, recomponer la legitimidad) y en grandes cambios comerciales (frenar la apertura), financieros (limitar los pagos de la deuda) e industriales (reorientar la producción hacia la actividad local) .
¿Pero cómo se construiría un “capitalismo eficiente” en países sometidos al sistemático drenaje de sus recursos? ¿Cómo se lograría actualmente alcanzar un objetivo resignado por la clase dominante desde la mitad del siglo XIX? ¿Qué grupos construirían este sistema de mejoras sociales y maximización del beneficio?
Los partidarios del nuevo capitalismo periférico no brindan respuestas a ninguno de estos interrogantes cruciales. Ignoran que el margen para implementar su proyecto se ha reducido a partir de la asociación creciente de las clases dominantes periféricas con el capital metropolitano. Esta vinculación obstaculiza la acumulación interna, multiplica la salida de capitales y dificulta la aplicación de políticas reactivantes de la demanda interna. Las burguesías que no lograron en el pasado poner en pié un capitalismo autónomo, tienen menos posibilidades de aproximarse a esa meta en la actualidad.
Su giro pro-imperialista limita incluso la viabilidad de proyectos regionales como el Mercosur. Esta asociación tambalea luego de una década de fracasos en la erección de instituciones económicas y políticas comunes. Todas las propuestas de acción concertada (monedas, organismos, instancias de arbitraje) fueron archivadas a medida que la crisis se extendió en toda la zona. Estos colapsos se profundizan con las políticas de “diferenciación” que ensayan todos los gobiernos, para demostrarle al FMI que “ellos no son irresponsables”. La fractura regional repite así la historia de balcanización latinoamericana y confirma la incapacidad de las burguesías locales para instrumentar políticas de acumulación auto-centradas.
Muchos autores explican este resultado por el tradicional “rentismo” regional y la consiguiente ausencia de empresarios dispuestos a invertir o arriesgar. Pero si esta ausencia de impulsos a la acumulación sostenida se ha reforzado: ¿Por qué apostar a un proyecto que carece de sujeto? ¿Qué sentido tiene construir un capitalismo, sin capitalistas interesados en competir e innovar?
Convocar a los trabajadores a que sustituyan a la clase dominante en esta tarea equivale a incentivarlos a construir las cadenas de su propia explotación. La expectativa en que otros sectores sociales reemplazarán a los empresarios en la tarea de apuntalar un capitalismo próspero (burocracias, clase media) tampoco tiene gran fundamento, ni precedentes empíricos.
Los partidarios de erigir “otro capitalismo” deberían recordar que el modelo prevaleciente en cada país es producto de ciertas condiciones históricas y no de elecciones libres de sus gestores. Existe una dinámica objetiva de este proceso que explica porqué el desarrollo del centro acentúa el subdesarrollo de la periferia. Es evidente que todos los miembros de las naciones periféricas hubieran deseado un destino de potencias desarrolladas, pero en el mercado mundial hay poco lugar para grupos dominantes y mucho espacio para las economías dependientes. Por eso, las “economías de mercado exitosas” en la periferia son excepcionales o transitorias. Para emerger del subdesarrollo no alcanza con implementar políticas antiliberales. Se requiere, además, enlazar la acción antiimperialista con la construcción de una sociedad socialista.
La vigencia de la teoría clásica del imperialismo para explicar las relaciones de dominación entre el centro y la periferia es contundente. Pero su actualidad para clarificar las vinculaciones contemporáneas entre las grandes potencias es más controvertible.
En este segundo sentido, el concepto de imperialismo ya no apunta a esclarecer las causas del atraso estructural de los países subdesarrollados, sino que pretende aclarar el tipo de alianzas y rivalidades predominantes en el campo imperialista. Varios autores han destacado la importancia que tiene distinguir entre ambos significados, señalando que las modalidades de dominación periférica y de vinculación entre las potencias han seguido cursos divergentes a lo largo de la historia.
El punto de partida tradicional para analizar este segundo aspecto es la distinción entre fase imperialista y librecambista del capitalismo, propuesta por los teóricos marxistas de principios del siglo XX. Con esta delimitación buscaron caracterizar una nueva etapa del sistema, signada por el reparto de los mercados entre las potencias a través de la guerra.
Lenin atribuía esta tendencia al conflicto bélico interimperialista a la gravitación del monopolio y el capital financiero, Luxemburgo a la necesidad de buscar salidas externas al estrechamiento de la demanda, Bujarin al choque entre los intereses expansionistas y proteccionistas de los grandes carteles y Trotsky al agravamiento de las desigualdades económicas generadas por la propia acumulación. Estas interpretaciones pretendían clarificar porqué la concurrencia entre grupos monopólicos que comenzaba en confrontaciones comerciales y áreas monetarias desembocaba en desenlaces sangrientos.
Esta caracterización quedó desactualizada en la posguerra, cuándo la perspectiva de conflictos armados directos entre las potencias tendió a desaparecer. La hipótesis de este choque se tornó descartable o muy improbable, a medida que la competencia económica entre las diversas corporaciones y sus estados se fue concentrando en rivalidades más continentales. Estos cambios transformaron los términos del análisis del segundo aspecto de la teoría del imperialismo.
En los años 70 Mandel sintetizó la nueva situación, mediante un análisis de tres modelos posibles de evolución del imperialismo: competencia interimperialista, transnacionalismo (en su denominación original: ultraimperialismo) y superimperialismo. Estimaba que el rasgo dominante de la acumulación era la rivalidad creciente y por eso atribuyó a la primer alternativa mayores posibilidades. También pronosticó que la concurrencia intercontinental se profundizaría junto a la formación de alianzas regionales.
El economista belga cuestionó la segunda perspectiva transnacionalista (anticipada por Kautsky) y defendida por los autores que preveían la constitución de asociaciones transnacionales divorciadas del origen geográfico de sus integrantes . Mandel consideraba que si bien la internacionalización de las empresas multinacionales debilitaba sus cimientos nacionales, no era probable una gran sucesión de fusiones entre propietarios de corporaciones de distinto origen. Dado el carácter concurrente de la reproducción capitalista, estimaba aún menos factible el sostenimiento de este proceso en la constitución de “estados mundiales”. Además, consideraba muy improbable la indiferencia de las corporaciones hacia la coyuntura económica de sus países de origen y la consiguiente prescindencia frente a las políticas anticíclicas en estas naciones, que supondría este tipo de integraciones. Descartaba este escenario, argumentando que el desarrollo desigual del capitalismo y las crisis crean tensiones incompatibles con la perdurabilidad de alianzas transnacionales.
La tercer alternativa superimperialista presagiaba la consolidación del dominio de una potencia sobre las restantes y el sometimiento de los perdedores a relaciones de sujeción semejantes a las vigentes en los países periféricos. Mandel consideraba en este caso, que la supremacía alcanzada por Estados Unidos no colocaba a Europa y Japón al mismo nivel de dependencia que las naciones subdesarrolladas. Destacaba que la hegemonía norteamericana en el plano político y militar, no implicaba supremacía económica estructural de largo plazo.
¿Cómo se plantean actualmente estas tres perspectivas? ¿Qué tendencias prevalecen a principio del siglo XXI: la competencia interimperialista, el ultraimperialismo o el superimperialismo?
La interpretación inicial de la tesis del imperialismo como una etapa de rivalidad bélica entre potencias no tiene prácticamente adherentes en la actualidad. Existe en cambio una versión débil de esta visión centrada ya no en el desenlace militar, sino en el análisis de la concurrencia económica.
Algunos analistas subrayan la activa intervención de los estados imperialistas para apuntalar esta competencia, así como la vigencia de políticas neomercantilistas para debilitar a las compañías rivales . Otros autores remarcan la prioridad que mantienen los mercados internos en la actividad de las corporaciones y la homogeneidad de origen de sus propietarios . Esta atadura a sus bases nacionales, explica para ciertos estudiosos porqué la tendencia a la formación de bloques regionales es más significativa que la mundialización comercial, financiera o productiva . Qué el crecimiento norteamericano de la última década se haya concretado a expensas de sus rivales es interpretado también como una expresión del retorno a la concurrencia interimperialista. Estos enfoques coinciden en presentar a la mundialización como un proceso cíclico de fases expansivas y contractivas del grado de internacionalización de la economía .
Esta variedad de argumentos contribuye a refutar la mitología neoliberal sobre el “fin de los estados”, la “desaparición de las fronteras” y la “movilidad irrestricta del trabajo”. La tesis de la concurrencia interimperialista demuestra cómo esta rivalidad limita la deslocalización industrial, la liberalización financiera y la apertura comercial, destacando que la competencia de bloques exige cierta estabilidad geográfica de la inversión, restricciones al movimiento de capital y políticas comerciales orientadas por cada estado.
Pero aunque desmientan convincentemente las simplificaciones globalizantes, estas contribuciones no alcanzan para esclarecer las diferencias existentes entre el contexto actual y el vigente a principio del siglo XX. Es cierto que la concurrencia interimperialista continúa determinando el curso de la acumulación: ¿Pero porqué razón la rivalidad entre las potencias ya no desemboca en conflagraciones bélicas directas? La misma competencia se desarrolla ahora en un marco de mayor solidaridad capitalista, puesto que Estados Unidos, Europa y Japón comparten los mismos objetivos de la OTAN y actúan dentro de un bloque común de estados dominantes, frente a los distintos conflictos militares.
Se podría interpretar que el alcance mutuamente destructivo de las armas nucleares ha transformado el carácter de las guerras, neutralizando las confrontaciones abiertas. Pero este razonamiento explica solo las modalidades de la disuasión que asumió el choque entre Estados Unidos y la ex URSS, sin aclarar porqué los tres rivales imperialistas prescinden de este tipo de enfrenamiento. También es cierto que la “lucha contra el comunismo” diluyó la concurrencia entre potencias capitalistas, pero este conflicto tampoco estalló luego de concluida la “guerra fría”.
En realidad, el choque entre potencias ha quedado mediatizado por el salto registrado en la mundialización. La actividad capitalista internacional tiende a entrelazarse con el crecimiento del comercio por encima del aumento de la producción, la formación de un mercado financiero planetario y la afirmación de la gestión globalizada de los negocios por parte de las 51 corporaciones, que ya integran el pelotón de las 100 mayores economías del mundo.
La estrategia productiva de estas compañías se basa en combinar tres opciones: abastecimiento de insumos, fabricación integral para el mercado local y fragmentación del ensamblado de partes elaboradas en distintos países. Esta mixtura de producción horizontal (recreando en cada región el molde del país de origen) y producción vertical (subdividiendo el proceso productivo de acuerdo a un plan global de especialización) implica un grado de asociación más significativo entre capitales internacionalizados . Las corporaciones que definen su estrategia a escala global tienden además a predominar sobre las menos internacionalizadas, como lo demuestra por ejemplo, la gravitación del primer tipo de firmas en las fusiones corporativas de la última década .
Este avance de la mundialización explica también porqué las tendencias proteccionistas no alcanzan actualmente la dimensión del 30, ni desembocan en la formación de bloques totalmente cerrados. El neomercantilismo coexiste con la presión opuesta hacia la liberalización comercial, ya que el intercambio interno entre las empresas localizadas en distintos países ha crecido notablemente. Este hecho no aparece claramente registrado en las estadísticas corrientes, puesto que las operaciones entre compañías internacionalizadas realizadas dentro de un mismo mercado nacional son generalmente computadas como transacciones internas de ese país .
Este avance de la mundialización que debilita la concurrencia tradicional entre potencias imperialistas expresa una tendencia dominante y no sólo un vaivén cíclico del capitalismo. Los períodos de retracción nacional o regional constituyen movimientos contrarrestantes de ese impulso central a la ampliación del radio de acción geográfico del capital. El freno de esta tendencia proviene de los desequilibrios que genera la expansión mundial y no de la pendularidad estructural de ese proceso.
En última instancia, la presión mundializadora es la fuerza dominante porque refleja la creciente acción de la ley del valor a escala internacional. Cuánto más gravitan las empresas transnacionales, mayor es el campo de valorización del capital a escala global frente a las áreas exclusivamente nacionales. Esta influencia expresa la tendencia a la formación de precios mundiales representativos de los nuevos patrones del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías .
La gestión internacionalizada de los negocios erosiona la vigencia del modelo clásico de concurrencia interimperialista. Pero esta transformación no es perceptible si se observa a la mundialización en curso como un “proceso tan viejo como el propio capitalismo”. Esta postura tiende a ignorar las diferencias cualitativas que separan a cada etapa de ese proceso y esa distinción es vital para poder comprender porqué la internacionalización de la Compañía de las Indias del siglo XVI tiene, por ejemplo, tan poco parecido con la fabricación mundialmente segmentada de General Motors.
La rivalidad contemporánea entre corporaciones se desenvuelve en un marco de acción más concertada. En los organismos mundiales de acción política (ONU, G 8), económica (FMI, BM, OMC) y militar (OTAN) se negocian las reglas de esta actividad común. A diferencia del pasado, la acción tradicional de los bloques competitivos coexiste con la incidencia creciente de esas instituciones, que actúan haciéndose eco de los intereses de las compañías internacionalizadas.
Por eso la remodelación contemporánea de territorios, legislaciones y mercados se consuma a través de ambas instancias y no por medio de la guerra entre potencias. Es evidente que la nueva configuración imperialista se sostiene en masacres bélicas sistemáticas, pero los escenarios de estas batallas son periféricos. La multiplicación de estos conflictos no deriva de guerras interimperialistas y este cambio obedece a un salto cualitativo de la mundialización, que no es contemplado, ni explicado por el viejo modelo de la concurrencia entre potencias.
LA EXAGERACIÓN TRANSNACIONALISTA.
Algunos defensores de la hipótesis transnacionalista estiman que las corporaciones actuales ya operan desconectadas de sus países de origen . Otros atribuyen el surgimiento del “capital global” a la informatización de la economía, a la sustitución de la actividad industrial por la acción de las redes y a la expansión del trabajo inmaterial. Destacan que esta conjunción elimina la centralidad del proceso productivo, favorece la gestación de un mercado planetario y refuerza la “desterritorizalización del imperio”.
Pero esta visión tiende a interpretar tendencias embrionarias como hechos consumados y a deducir de la creciente asociación entre los capitales internacionales un nivel de integración que no se verifica en ningún campo. La transnacionalización de capitales constituye actualmente sólo un proceso inicial de una transformación estructural, que en el pasado insumió siglos. Ninguna evidencia de la última década sugiere la presencia de un acortamiento tan radical del ritmo histórico del capitalismo .
El transnacionalismo exagera el ascenso del capital global, reflejando cierta presión mediática por construir novedades teóricas al ritmo del consumo periodístico. Basta observar la evolución del parámetro que indicó Mandel -la sensibilidad de las corporaciones globalizadas a cada coyuntura económica nacional- para registrar la invalidez de la tesis ultraimperialista. Los cuatro rasgos centrales del curso económico de los 90 –reactivación norteamericana, estancamiento europeo, depresión japonesa y desplome de la periferia- ilustran la inexistencia de una evolución común del “capital globalizado”. Los beneficios y las pérdidas de cada grupo corporativo han dependido de su ubicación en cada región.
Qué la recuperación estadounidense se haya sostenido en la caída de sus rivales confirma la existencia de un bloque ganador diferenciado de las compañías europeas o japonesas.
Ciertas formas de asociación global comienzan a emerger y por primera vez se están soldando alianzas estructurales transatlánticas y transpacíficas entre compañías europeas, norteamericanas y niponas. Este tipo de conexiones obstaculizan la cohesión de la Unión Europea, obligan a Estados Unidos a fijar su política económica en función del financiamiento externo e inducen a Japón a continuar su resistida apertura de mercados. Pero estas vinculaciones no eliminan la existencia de bloques competitivos estructurados en torno a los viejos lazos estatales.
En sus variantes moderadas, el transnacionalismo ignora que el Nafta, la Unión Europea o el Asean expresan esta puja de rivales. Pero en la vertiente extrema de Negri esta concepción propaga, además, todo tipo de fantasías sobre el “descentramiento” geográfico, desconociendo que la acción estratégica de las corporaciones continúa asentada en Estados Unidos, Europa o Japón. El enlace global ha creado un nuevo marco común para la concurrencia, pero sin eliminar los cimientos territoriales de esta competencia.
Es cierto, por otra parte, que la transformación informática favorece el entrelazamiento global del capital, ya que tiende a amalgamar la actividad financiera, acelerando las transacciones comerciales y acentuando la reorganización del proceso de trabajo. Pero la revolución tecnológica también refuerza la concurrencia y la necesidad de alianzas regionales entre las corporaciones que se disputan los mercados. La “economía de la redes” no solo unifica, sino que también acentúa la competencia nacional. La aplicación de las nuevas tecnologías de la información está guiada por parámetros capitalistas de ganancia, concurrencia y explotación que impiden flujos indiscriminados de inversiones a escala global o movimientos irrestrictos de la mano de obra. Estas localizaciones dependen de condiciones de acumulación y valorización del capital, que obligan a las 200 empresas mundializadas a concentrar sus centros operativos en un pequeño puñado de países centrales.
Quiénes consideran que la transnacionalización del capital ha dado lugar a un proceso equivalente en el terreno de las clases dominantes y los estados, señalan como evidencias de este cambio el avance de la inversión extranjera, la internacionalización del trabajo y la gravitación de los organismos mundiales . Negri incluso considera que se ha consumado la formación de un nuevo orden jurídico –inspirado en la constitución norteamericana- surgido de la transferencia de soberanías nacionales al centro imperial de la ONU.
Pero este esquema es completamente forzado, ya que no existe ningún indicio de globalización plena de la clase dominante. Cualquiera sean sus divisiones internas, la burguesía norteamericana constituye un agrupamiento claramente diferenciado de su homólogo japonés o europeo. Actúa en torno a gobiernos, instituciones y estados distintos, defendiendo políticas arancelarias, impositivas, financieras o monetarias propias y actúa en función de sus intereses específicos. Incluso la integración de ciertas burguesías en torno a un estado supranacional –como en el caso de Europa- no convierte a sus miembros en “capitalistas globales”, puesto que no se han enlazados también con sus competidores extracontinentales en un mismo estado.
La eventual transnacionalización de la capa gerencial de algunas corporaciones y del segmento directivo de los organismos internacionales tampoco prueba el surgimiento de una clase dominante global. Este staff de funcionarios cosmopolitas conforma una burocracia de altas responsabilidades, pero no constituye una clase . El principal parámetro para evaluar la existencia de esta formación social –la propiedad de los medios de producción- indican una clara fragmentación geográfica dentro del viejo radio de las naciones. Los dueños de cada empresa transnacional son norteamericanos, europeos o japoneses y no “globales”. Los datos de propiedad de las 500 mayores corporaciones confirman esta conexión nacional, ya que el 48% de estas compañías pertenece a capitalistas norteamericanos, el 30% a europeos y el 10% a japoneses
Además, el FMI, la OMC o el WEF (World Economic Forum) no constituyen estructuras estatales homogéneas, sino centros de negociación de las distintas corporaciones, que a través de sus representantes estatales defienden distintos acuerdos comerciales y tratados de inversiones.
Las compañías se apoyan en estas estructuras para batallar con sus rivales. Cuándo, por ejemplo, Boeing y Airbus se disputan el mercado aeronáutico mundial, recurren más a sus lobbistas de Estados Unidos y Europa, que a los funcionarios de la OMC. En la competencia interimperialista chocan estados o bloques regionales y no entrelazamientos intercorporativos del tipo Toyota-General Motors versus Chrysler-D.M.Benz.
El rol privilegiado que mantienen los estados demuestra que las principales funciones capitalistas de esta institución (garantizar el derecho de propiedad, proveer los condiciones para la extracción y realización del plusvalor, asegurar la coerción y el consenso) no pueden mundializarse a la misma velocidad que los negocios . Incluso si un estado transnacionalizado tuviera ya los recursos, la experiencia y el personal suficiente para encarar por ejemplo plenamente las funciones represivas, carecería de la autoridad que cada burguesía conquistó en su nación a lo largo de varios siglos para ejercer esta tarea.
Negri ignora estas contradicciones al postular la existencia de una nueva soberanía imperial en torno a la ONU. Deduce esta vigencia de un análisis restrictivamente jurídico y totalmente desligado de la lógica de funcionamiento del capital. Pero lo más sorprendente es su candorosa presentación de las Naciones Unidas como un sistema opresivo en la cúpula (Consejo de Seguridad) y democrático en la base (Asamblea General), olvidando que esta institución –en todos sus niveles- actúa como un pilar del orden imperialista actual. Esta benevolencia se apoya, a su vez, en una mirada apologética de la constitución norteamericana, que desconoce cómo la elite de ese país construyó un sistema político de opresión, mediante un mecanismo de contrapoderes destinado a burlar el mandato popular . Esta visión de la soberanía imperial extrema los errores del enfoque transnacionalista, porque exagera el principal defecto de esta visión: desconocer que la mayor integración mundial del capital se desenvuelve en el marco de los estados y las clases dominantes existentes o regionalizadas.
LOS ERRORES DEL “SUPERIMPERIALISMO”.
En la tesis del imperio está parcialmente implícita una caracterización del dominio indisputado de Estados Unidos. Aunque Negri subraya que el imperio ”carece de centro territorial”, también señala que todas las instituciones de la nueva etapa derivan del antecedente estadounidense y se erigen en oposición a la decadencia europea.
Esta interpretación converge todas las caracterizaciones que identifican el liderazgo norteamericano actual con el “predominio de una sola potencia”, la “unipolaridad del mundo” o el afianzamiento de la “era estadounidense”. Estas visiones actualizan la teoría del superimperialismo, que postula la hegemonía total de un rival sobre sus competidores.
El soporte empírico de esta tesis surge del arrollador avance norteamericano de la última década, especialmente en el terreno político y militar. Mientras que la acción de las Naciones Unidas ha quedado acomodada a las prioridades de Estados Unidos, la presencia del gendarme norteamericano se ha extendido a todos los rincones del planeta, a través de los acuerdos con Rusia y la intervención en regiones –como Asia central o Europa Oriental- que estaban fuera de su control.
Estados Unidos detenta una clara superioridad tecnológica y productiva frente a sus rivales. Esta supremacía se ha verificado en la actual recesión global, porque el nivel de actividad económica mundial presenta un extraordinario grado de dependencia del ciclo norteamericano.
Estados Unidos retomó en los 90 el liderazgo que desafió Europa en los 70 y Japón en los 80. Desde el gobierno de Reagan, la primer potencia explotó las ventajas que le otorga su primacía militar, para financiar su reconversión económica con recursos del resto del mundo. En ciertos períodos apeló al abaratamiento del dólar (para relanzar las exportaciones) y en otras fases al encarecimiento de esa divisa (para absorber capitales externos). También impuso alternativamente la liberalización comercial y el proteccionismo en los sectores que detenta respectivamente alta o baja competitividad, respectivamente. Esta recuperación hegemónica se explica a su vez por la implantación internacional que tienen las corporaciones estadounidenses y porque el capitalismo norteamericano se ha orientado desde el siglo pasado a penetrar los mercados internos de sus competidores.
Sin embargo, ninguno de estos hechos prueba la existencia del superimperialismo, ya que la supremacía norteamericana no ha conducido al sometimiento de Europa o Japón. Los conflictos que oponen a las grandes potencias tienen la envergadura de conflictos interimperialistas y no son comprables a los choques entre países centrales y periféricos. En las disputas comerciales con Estado Unidos, Francia no se comporta como Argentina, dentro del FMI Japón no mendiga créditos sino que actúa como acreedor y Alemania es protagonista y no víctima de las resoluciones del G 8.
Las relaciones entre Estados Unidos y sus competidores no presentan los rasgos de la dominación imperial. Existe una contundente primacía norteamericana en las relaciones geopolíticas, pero “el nexo transatlántico” no implican la subordinación de Europa y el “eje del Pacífico” no se caracteriza por la sujeción de Japón a cualquier exigencia de Estados Unidos .
La tesis superimperialista sobrevalora el liderazgo norteamericano y desconoce sus contradicciones del liderazgo. Gowan opina acertadamente, que la forma de dominación “suprematista” (a costa de los rivales) y no “hegemonista” (compartiendo los frutos del poder) de Estados Unidos socava su liderazgo. La fuerza estadounidense se construye además, mediante el entrelazamiento y no -como en el pasado- a través del aplastamiento bélico de los competidores. Y esta modalidad obliga a forjar alianzas, que al no surgir de un desenlace militar son más frágiles. El carácter elitista del imperialismo actual, es decir carente del sostén masivo, chauvinista y patriotero de principio del siglo XX, también erosiona la superioridad de la primer potencia.
La supremacía estadounidense se ejerce en la práctica a través de las guerras en las zonas periféricas más calientes del planeta. Pero también esta belicosidad deteriora un curso superimperialista, porque estas agresiones sistemáticas potencian la inestabilidad. La nueva doctrina de “guerra infinita” que aplica Bush profundiza este descontrol, ya que rompe con la tradición de enfrentamientos limitados y sujetos a cierta proporcionalidad entre medios y fines. En las campañas contra Irak, “el narcotráfico” o el “terrorismo”, Estados Unidos busca crear un clima de temor permanente a través de agresiones sin duración acotada, ni objetivos precisos .
Este tipo de acción imperialista no sólo disloca naciones, desintegra estados y destruye sociedades, sino que también genera el tipo de “boomerangs” que Estados Unidos acaba de padecer en carne propia con los talibanes. La “guerra total” sin escrúpulos jurídicos desestabiliza el “orden mundial” y deteriora la autoridad de sus mandantes. Por eso la perspectiva de superimperialismo no se ha consumado y está amenazada por la propia acción dominante de Estados Unidos.
LA COMBINACIÓN DE LOS TRES MODELOS.
Ninguno de los tres modelos alternativos al imperialismo clásico esclarece las relaciones actualmente predominantes entre las grandes potencias. La tesis de la concurrencia interimperialista no explica las razones que inhiben la confrontación bélica e ignora el avance registrado en la integración de los capitales. El enfoque transnacionalista desconoce que las rivalidades entre las corporaciones continúan mediadas por la acción de las clases y los estados nacionales o regionales. La visión superimperialista no toma en cuenta la inexistencia de relaciones de subordinación entre las economías desarrolladas equiparables a las vigentes en la periferia.
Estas insuficiencias inducen a pensar que la rivalidad, la integración y la hegemonía contemporánea tienden a combinarse en nuevo tipo de vínculos interimperialistas, más complejos que los imaginados en los años 70. Indagar esta mixtura es más provechoso que preguntarse cuál de los tres modelos concebidos en ese momento ha prevalecido. En las últimas décadas el avance de la mundialización ha incentivado la asociación trasnacional de capitales, alentando la concurrencia tradicional e induciendo también a una potencia a asumir un liderazgo cohesionador del sistema .
Reconocer esta combinación permite comprender el carácter intermedio de la situación actual. Por el momento no predomina la rivalidad, la integración, ni la hegemonía plenas, sino un cambio en las relaciones de fuerza al interior de cada potencia, que favorece a los sectores transnacionalizados en desmedro de los nacionalizados en el marco de los estados y clases existentes .
Este balance de posiciones difiere en cada país (en Canadá u Holanda, la fracción mundializada es probablemente más gravitante que en Estados Unidos o Alemania) y en cada sector (en la industria automotriz, la transnacionalización es mayor que en la siderurgia). El capital se internacionaliza mientras los viejos estados nacionales continúan asegurando la reproducción general del sistema.
La nueva combinación de rivalidad, integración y supremacía imperialistas forma parte de las grandes transformaciones recientes del capitalismo. Se inscribe en el marco de una etapa signada por la ofensiva del capital sobre el trabajo (incremento del desempleo, la pobreza y la flexibilización laboral), la expansión sectorial (privatizaciones) y geográfica (hacia los ex “países socialistas”) del capital, la revolución informática y la desregulación financiera.
Estos procesos han alterado el funcionamiento del capitalismo y multiplicado los desequilibrios del sistema, al debilitar la regulación estatal de los ciclos económicos e incentivar la rivalidad entre las corporaciones. Las viejas instituciones políticas pierden autoridad a medida que parte del poder efectivo se desplaza hacia nuevos organismos mundializados, que carecen a su vez de legitimidad y consenso popular. Además, la escalada militar imperialista provoca colapsos en las regiones periféricas ahondando la inestabilidad mundial .
Estas contradicciones son características del capitalismo y no presentan las similitudes con el imperio romano que postulan numerosos autores. Estas analogías subrayan la identidad de mecanismos de inclusión o exclusión de los grupos dominantes al centro imperial , la semejanza institucional (Monarquía-Pentágono, Aristocracia-Corporaciones, Democracia-Asamblea ONU) o la decadencia común de ambos sistemas (caída de Roma-“pudrición” del régimen actual) .
Pero el capitalismo contemporáneo no está erosionado por una expansión territorial desbordada, ni está corroído por el estancamiento agrario, la improductividad del trabajo o el derroche de la casta dominante. A diferencia del modo de producción esclavista, el capitalismo no genera la paralización de las fuerzas productivas, sino un desarrollo descontrolado y sujeto a crisis cíclicas.
Las contradicciones derivadas de la acumulación, la extracción de plusvalía, la valorización del capital o la realización del valor conducen a la crisis, pero no a la agonía de la Antigüedad. Pero la diferencia crucial radica en el rol jugado por sujetos sociales con capacidad de transformación histórica, que no existían durante la decadencia romana.
LOS AMBITOS DE LA RESISTENCIA POPULAR.
Los trabajadores, explotados y oprimidos de todo el planeta son los antagonistas del imperialismo del siglo XXI. Su acción ha modificado en los últimos años el clima de triunfalismo neoliberal prevaleciente en la elite de la clase dominante desde principios de los 90. Una sensación de desconcierto comienza a instalarse en el “establishment” globalizador, como lo prueban las críticas que los popes del neoliberalismo descargan contra el curso económico actual.
Soros, Stiglitz o Sachs ahora escriben impactantes libros para denunciar el descontrol de los mercados, el exceso de austeridad o la inconveniencia de ajustes extremos. Sus caracterizaciones son tan superficiales como los desbordantes elogios que antes propinaban al capitalismo. No aportan ninguna reflexión relevante, pero testimonian el malestar que ha creado en la cúspide del imperialismo, el desastre social creado durante los años de la euforia privatizadora.
Estos cuestionamientos al “capitalismo salvaje” reflejan el avance de la resistencia popular, porque los dueños del mundo ya no sesionan en paz. Sus encuentros en puntos remotos y en reuniones atrincheradas siempre enfrentan las manifestaciones del movimiento de protesta global. No pueden aislarse en Davos, rehuir la escandalosa represión de Génova, ni ignorar los desafíos de Porto Alegre. Ya no hay “discurso único”, ni “un sola alternativa” y con el avance de los cuestionamientos populares decrece la imagen de omnipotencia imperialista.
Los participantes de la protesta global son los artífices centrales de este cambio. Su resistencia ya desborda el impacto mediático inicialmente creado por el boicot a las cumbres de presidentes, ejecutivos y banqueros. Seattle marcó un “antes y un después” para el desarrollo de esta lucha, que no ha decaído luego del 11 de septiembre.
Los presagios de un gran reflujo han quedado desmentidos y la intimidación “antiterrorista” no logró vaciar las calles de manifestantes. Entre octubre y diciembre pasado 250.000 jóvenes se movilizaron en Peruggia, 100.000 en Roma, 75.000 en Londres y 350.000 en Madrid. En febrero, el segundo encuentro de Porto Alegre superó la concurrencia y representatividad de las reuniones anteriores y una marcha posterior en Barcelona concentró a 300.000 manifestantes. La movilización más reciente de Sevilla contra la “Europa del Capital” reunió a 100.000 personas. Estas reacciones confirman la vitalidad de un movimiento que tiende a incorporar a su acción la batalla contra el militarismo. Un movimiento antiguerra empieza a despuntar, siguiendo las huellas dejadas por las luchas contra los crímenes de Argelia en los 60 y Vietnam en los 70 .
La clase obrera se perfila como otro desafiante del imperialismo, tanto por su convergencia con la protesta global (muy significativa en Seattle), cómo por la recomposición de las luchas reivindicativas. La etapa de severo reflujo que inauguraron las derrotas de los 80 (Fiat-Italia en 1980, los mineros británicos en 1984-85) tiende a revertirse desde mediados de los 90, al compás de importantes acciones en Europa (huelgas en Francia y Alemania) y en la periferia más industrializada (Corea, Sudáfrica, Brasil). La extraordinaria movilización de tres millones de trabajadores italianos en mayo pasado y la impactante huelga general en España confirman esta recuperación de la clase obrera.
Las sublevaciones populares en la periferia representan el tercer desafío al imperialismo. Los ejemplos de esta resistencia en Sudamérica son contundentes, a partir de la significativa extensión de la rebelión argentina. A medida que el “contagio económico” se irradia hacia las naciones vecinas (fugas de capital, quiebras bancarias y mermas de inversiones), también se expande el “contagio político” con manifestaciones y cacerolazos en Uruguay, grandes movilizaciones agrarias en Paraguay y masivos levantamientos contra las privatizaciones en Perú.
Por otra parte, la intervención popular contra el golpe de estado en Venezuela marcó el debut de una reacción masiva contra la política pro-dictatorial que promueve el imperialismo norteamericano. Este éxito de los oprimidos constituye apenas el primer round de un enfrentamiento que atravesará por numerosos episodios, ya que el Departamento de Estado ha puesto en marcha una escalada de provocaciones contra cualquier gobierno, pueblo o política que no siga fielmente su libreto.
A escala mundial, el caso más dramático de estas agresiones es la masacre de los palestinos. El nivel de salvajismo imperialista en Medio Oriente rememora las grandes barbaries de la historia colonial y por eso la resistencia popular en esa región es emblemática y despierta la solidaridad de todos los pueblos del plantea.
La protesta global, la recuperación de la clase obrera y las rebeliones en la periferia demuestra los límites de la ofensiva del capital. Al cabo de una década de atropellos sociales las relaciones de fuerza comienzan a cambiar y este giro abre un nuevo espacio ideológico para el pensamiento crítico, que vuelve a tornar atractivas las ideas del socialismo. A medida que el neoliberalismo se desprestigia, el socialismo deja de ser mala palabra y el marxismo ya no es visto como un pensamiento arcaico. Este resurgimiento replantea varios problemas de la estrategia socialista.
Un nuevo internacionalismo ha irrumpido junto a la protesta global en las marchas cosmopolitas en favor de “otra mundialización”. Estas movilizaciones incluyen un fuerte cuestionamiento de los principios de competencia, individualismo y beneficio y han generado un avance de la conciencia anticapitalista, que se refleja en algunos lemas de estas marchas (“el mundo no es una mercancía”). Contribuir a transformar esta crítica embrionaria al capital en una propuesta de emancipación es la primer tarea que enfrentan los socialistas.
Esta alternativa ya se debate en los foros mundiales, cuándo se analiza la perspectiva social del internacionalismo espontáneo del movimiento. En la protesta global prevalece una oposición total a las reacciones fundamentalistas contra los atropellos imperialistas y un contundente rechazo a las confrontaciones étnicas o religiosas entre los pueblos explotados, que fomenta la derecha.
Esta solidaridad internacionalista es incompatible con cualquier proyecto capitalista que invariablemente implica fomentar la explotación y por lo tanto, estimular los enfrentamientos nacionales. Sólo el socialismo ofrece una perspectiva de comunidad real entre los trabajadores del mundo.
El generalizado despertar de la lucha antiimperialista en la periferia presenta un segundo desafío para los socialistas. Algunos teóricos ignoran esta irrupción porque han decretado el fin del nacionalismo y celebran esta desaparición, sin poder distinguir entre las corrientes reaccionarias y progresistas de estos movimientos. Estos autores declaran, además, la inoperancia de cualquier táctica, estrategia o prioridad política en las nuevas “luchas horizontales”, porque interpretan que en estos combates se enfrentan el capital y el trabajo sin ningún tipo de mediaciones .
Esta visión constituye una burda simplificación de la lucha nacional, porque coloca dentro de una misma bolsa a los talibanes y a los palestinos, a los ejecutores de masacres étnicas en Africa o los Balcanes con los artífices de las guerras de liberación de las últimas décadas (Cuba, Vietnam, Argelia). No logra distinguir dónde se ubica el progreso y en qué lugar se sitúa la reacción. Por eso no comprende porqué los pueblos del Tercer Mundo luchan por el desconocimiento de la deuda externa, la nacionalización de los recursos energéticos o la protección arancelaria de la producción local.
Definir tácticas y concebir estrategias específicas es importante, dado que las reivindicaciones nacionales que comparten los explotados de la periferia, no tienen significación para los trabajadores de las naciones centrales. El enfoque transnacionalista repite la vieja hostilidad liberal hacia las formas concretas de resistencia popular en los países subdesarrollados, recurriendo a un lenguaje más radical. Sus vaguedades transmiten un sentimiento de impotencia frente a la dominación imperialista, porque en el mundo sin fronteras, centros y territorios que describen, resulta imposible localizar al opresor y establecer algún rumbo para enfrentarlo.
El tercer desafío de la política socialista es concebir estrategias de captura y transformación radical del estado, a fin de abrir un camino de emancipación. Este objetivo exige desmistificar el cuestionamiento neoliberal a la utilidad de la intervención estatal y las creencias neutralistas del constitucionalismo, que enmascara el control detentado por la clase dominante sobre esta institución. Especialmente, la difundida oposición entre desreguladores neoliberales y reguladores antiliberales encubre la vigencia de una gestión capitalista coincidente del estado. Este manejo es la causa del creciente divorcio entre la sociedad y el estado. Cuánto más dependen los asuntos públicos del lucro empresario, mayor peso adquieren los aparatos y las burocracias alejadas de las necesidades mayoritarias de la población.
Pero la superación de esta fractura estatal exige inaugurar una gestión colectiva que permita avanzar hacia la extinción progresiva del carácter elitista y opresor del estado. Este objetivo no puede alcanzarse a través de un acto mágico de disolución de instituciones que tienen raíces milenarias, ni puede lograrse mediante el enigmático camino emancipatorio que proponen, quiénes postular cambiar la sociedad rehuyendo la captura y manejo del poder .
Algunos teóricos argumentan que en la actual “sociedad de control” las formas de dominación son tan invasoras, como frustrantes de cualquier transformación social basada en el manejo popular del estado . Pero esta sugerencia de un poder omnipresente (“que está en todas partes y en ninguna”) convierte cualquier debate concreto sobre la lucha contra la explotación, en una reflexión metafísica sobre la impotencia del individuo frente a su entorno opresivo. Eludiendo el análisis de las raíces objetivas y los pilares sociales de esta sujeción se torna imposible concebir caminos concretos de superación de la dominación capitalista .
Precisar quiénes son los agentes de un proyecto de transformación anticapitalista es el cuatro desafío de los socialistas. Observando a los trabajadores en huelga, a los jóvenes de la protesta global y a las masas movilizadas de la periferia no es muy difícil definir quiénes son los artífices de un cambio emancipatorio. Este nuevo protagonismo popular socava el discurso neoliberal individualista sobre el fin de la acción colectiva, pero no ha generado aún, reconocimientos del papel central de las clases oprimidas (y especialmente del rol de los trabajadores asalariados) en la transformación social.
Esta omisión obedece, por un lado, a la gravitación que se le asigna a la “ciudadanía” en los cambios políticos, olvidando que esta categoría uniforma a los opresores y oprimidos en un mismo status y oculta que el “ciudadano-obrero” carece de las atribuciones cotidianamente ejercidas por el “ciudadano-capitalista” (despedir, contratar, acumular, derrochar, dominar). Incluso en las caracterizaciones más radicales que hablan de la “ciudadanía insurrecta” o de la “ciudadanía global”, esta frontera de clase queda disuelta y el antagonismo social es relegado a un segundo plano.
Otra manera de diluir el análisis clasista consiste en sustituir la noción de trabajador o asalariado por el concepto de “multitud”. Este agrupamiento es presentado como el embrión de un “contraimperio” naciente, por su capacidad aglutinante de los “deseos de liberación” de sujetos “cosmopolitas, nómades y emigrados”
Aunque los promotores de esta categoría reconocen su sentido meramente poético, pretenden de hecho aplicarla a la acción política . Y este trasplante genera numerosas confusiones, porque la misma multitud alude a veces al agrupamiento amorfo de individuos (nómades) y se refiere en otras ocasiones a la acción de fuerzas particulares (emigrados). En ninguno de los dos casos se explica porqué ocuparía un lugar tan significativo en la lucha social de un imperio, que al no ser localizable tampoco enfrenta contrincantes muy definidos. Pero lo más difícil de este rompecabezas es dilucidar para que sirve.
Abandonando los malabarismos verbales y analizando, en cambio, el potencial emancipatorio de la clase trabajadora para comandar un proyecto socialista se puede arribar a las conclusiones de mayor provecho. Esta reflexión puede partir de la creciente “proletarización del mundo”, es decir de la estratégica gravitación social que han alcanzado los trabajadores, definidos en un sentido amplio como la masa total de los asalariados . Esta impresionante fuerza podría transformarse en un poder anticapitalista efectivo, si se concreta un salto significativo en la conciencia socialista de los explotados.
Las condiciones para este avance político ya se han reunido, como lo prueban las discusiones sobre el internacionalismo, el estado y el sujeto de la transformación social. Repitiendo lo ocurrió en 1890-1920, el debate sobre el imperialismo vuelve a ubicarse también en el centro de esta maduración política. ¿Estas similitudes se extenderán al crecimiento del movimiento socialista? Quizás la sorpresa de la nueva década sea el surgimiento de partidos, líderes y pensadores comparables a los clásicos marxistas del siglo pasado.
ACERCA DEL SUJETO POLÍTICO CAPAZ DE RESPONDER A LOS DESAFÍOS DEL SIGLO XXI MARTA HARNECKER 27 ABRIL 2003
ÍNDICE. 1. UN SUJETO POLÍTICO NO ADECUADO 2. LO QUE DEFINITIVAMENTE HAY QUE ABANDONAR 1) El obrerismo en la concepción del partido 2) Concepción de la revolución como asalto al poder 3) Insuficiente valoración de la democracia 4) Otros errores y desviaciones a) Vanguardismo b) Verticalismo y autoritarismo c) Consideración de los movimientos sociales como meras correas de transmisión d) Teoricismo, dogmatismo, estrategismo e) Subjetivismo 3. LA TESIS ACERCA DE LA NECESIDAD DE INTRODUCIR LA TEORÍA EN EL MOVIMIENTO OBRERO 1) El papel todopoderoso de la ideología dominante 2) Supuestos de la tesis de Kautsky 3) Interpretaciones de Lenin 4) Deformación de la tesis de Kautsky 5) ¿Obreros se autoliberan o deben ser liberados por otros? 6) Experiencia de lucha permite liberarse de la influencia de la ideología dominante 7) Tres niveles de conciencia a) Conciencia espontánea o ingenua b) Conciencia de clase proletaria c) Conciencia de clase ilustrada o socialista 4. CÓMO ESTO SE REFLEJA EN LA CONCEPCIÓN DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO 1) La dirección, propietaria del saber 2) La tarea central: llevar la teoría al movimiento obrero 3) Priorizar la formación sobre la acción 4) Militantes acríticos 5. UN INSTRUMENTO POLÍTICO QUE VALORA LA PRÁCTICA SOCIAL PARA LA CREACIÓN DE LA CONCIENCIA 1) Priorizando crear situaciones propicias para la maduración de la conciencia 2) Una nueva relación con el movimiento popular a) Respeto a su desarrollo autónomo b) Partir de sus motivaciones c) Aprender a escuchar d) Las orientaciones no pueden ser presentadas como directivas externas e) Que la gente se sienta protagonista f) De la conducción militar a la pedagogía popular 3) Abandono del obrerismo 4) Instancia articuladora de las diferentes prácticas sociales emancipatorias 5) Organización que prefigura la nueva sociedad 6) Conclusión
1. UN SUJETO POLÍTICO NO ADECUADO 1. A mi entender, la izquierda no cuenta con un sujeto político adecuado a los nuevos desafíos que plantea. La estructura, hábitos, tradiciones y maneras de hacer política del pasado no están respondiendo a las exigencias de los cambios sufridos por el mundo. 2. Como consecuencia de ello los partidos de izquierda han perdido en gran medida su capacidad de atraer y convocar a la gente en general y, especialmente, a la juventud. 3. En las izquierdas de la mayor parte de los países hay conciencia de esta situación. 4. Algunos consideran que hay que abandonar todo intento de construir o reconstruir un instrumento político. 5. Otros piensan que hay que emprender urgentemente esta tarea y están ensayando nuevas fórmulas organizativas, más adecuadas a los nuevos tiempos. 6. Estos últimos tienen presente las lecciones de la historia. Múltiples estallidos populares han ocurrido en el siglo XX y siguen ocurriendo en el siglo XXI. En todos ellos las masas urbanas empobrecidas se han sublevado y sin una conducción definida se han tomado carreteras, pueblos, barrios y han asaltado centros de abastecimiento. A pesar de su masividad y de su combatividad estas movilizaciones hasta ahora no han lograron destruir el sistema de dominación imperante. Todos ellos demuestran que no basta la iniciativa creadora de las masas para lograr la victoria sobre el régimen imperante. 7. La historia de las revoluciones triunfantes, por el contrario, ratifica en forma porfiada lo que se puede lograr cuando existe una instancia política capaz, en primer lugar, de levantar un programa alternativo de carácter nacional que sirva de instrumento aglutinador de los más diversos sectores populares y, en segundo lugar, de unificar la acción concentrando fuerzas en el eslabón decisivo en cada coyuntura. 8. Esa instancia política es -como decía Trotsky- el pistón que comprime al vapor en el momento decisivo y permite que éste no sea desperdiciado y se convierta en fuerza impulsora de la locomotora. 9. Para que la acción política sea eficaz, para que las actividades de protesta, de resistencia, de lucha del movimiento popular logren sus objetivos antisistémicos, se necesita una instancia o instancias capaces de orientar y unificar los múltiples esfuerzos que espontáneamente surgen, y de promover otros. 2. LO QUE DEFINITIVAMENTE HAY QUE ABANDONAR 10. Reconociendo la necesidad de una instancia política1 para conseguir los objetivos de cambio social, la izquierda marxista, sin embargo, ha hecho muy poco por adecuarla a las exigencias de los nuevos tiempos. Durante un largo período esto tuvo mucho que ver con la copia acrítica del modelo bolchevique de partido.2 1 Aquí estoy aludiendo a los partidos políticos, a las organizaciones político-militares, a los movimientos y frentes políticos. 2. Sobre este tema y varios otros tratados aquí ver un mayor desarrollo en: Marta Harnecker, La izquierda en el umbral del Siglo XXI. Haciendo posible lo imposible, Siglo XXI de España editores, 3ª. Ed. 2000, Capítulo V. Un instrumento político adecuado a los nuevos desafíos.
11. Esta gran “obra de ingeniería social” como la califica Hobsbawm3, que tuvo una enorme eficacia en realidades como la rusa una sociedad muy atrasada y un régimen político autocrático, fue, por desgracia, trasladada mecánicamente a la realidad latinoamericana, una realidad muy diferente. Y no sólo eso, sino que, al mismo tiempo, se la trasladó en forma simplificada y dogmática. Lo que la mayor parte de la izquierda latinoamericana conoció no fue el pensamiento de Lenin en toda su complejidad, sino la versión simplificada dada por Stalin. 12. Lenin tenía absolutamente claro que no se trataba de fabricar una fórmula universal. Concibió siempre el partido como el sujeto político por excelencia de la transformación social, como el instrumento para ejercer la conducción política de la lucha de clases lucha que siempre se da en condiciones históricas, políticas y sociales específicas y, por lo mismo, estimaba que su estructura orgánica debía adecuarse a la realidad de cada país y modificarse de acuerdo a las exigencias concretas de la lucha. 13. Sin embargo, había algunos supuestos teóricos que Lenin consideraba de aplicación universal, que aplicados acríticamente condujeron a errores y desviaciones. 1) EL OBRERISMO EN LA CONCEPCIÓN DEL PARTIDO 14. Uno de ellos fue su concepción de que el partido debía ser un partido de la clase obrera, porque ésta era la única clase revolucionaria. Pero afirmar esto no significa que Lenin haya sido obrerista. Él siempre subrayó que la clase obrera no puede adquirir conciencia de clase si no es capaz de comprender y asumir como propios los intereses de todas las clases, capas y grupos de la población que son oprimidos por el régimen imperante. 15. Esto condujo, en nuestros países latinoamericanos en los que el cristianismo y especialmente la religión Católica, y los factores étnico culturales, tienen un peso mucho mayor que en los países avanzados a ignorar las especificidades de nuestro sujeto social revolucionario; a no entender el papel que podían jugar los cristianos y los indígenas en nuestras revoluciones. Esta situación se ha ido solucionando a partir de las experiencias de las guerrillas guatemaltecas a fines de los setenta con un alto componente indígena en sus filas, de la superación de los errores cometidos por los sandinistas en su abordaje del tema de los mizquitos, del papel protagónico desempeñado por los indígenas en Ecuador y del levantamiento zapatista en la región indígena de Chiapas. 2) CONCEPCIÓN DE LA REVOLUCIÓN COMO ASALTO AL PODER 16. Otro supuesto teórico fue el de la concepción de la revolución como asalto al poder, derivada de una concepción del poder reducida al poder del Estado. Esto llevaba a concentrar los esfuerzos en crear condiciones para ese asalto, descuidando otros aspectos de la lucha, entre ellos el trabajo de transformación cultural de la conciencia popular, tarea que era relegada para después de la toma del poder. 3) INSUFICIENTE VALORACIÓN DE LA DEMOCRACIA 17. Por otra parte, durante muchos años las organizaciones de izquierda, influidas por el acento que Lenin puso en la dictadura del proletariado, desdeñaron otro de sus planteamientos: que el socialismo debía concebirse como la sociedad más democrática, a diferencia de la sociedad burguesa que es democrática sólo para una minoría.4 No entendieron 3. Eric Hobsbawm, La historia del siglo XX (1914-1991), Ed. Crítica, Barcelona, 1995. 4. Haciendo una comparación con el capitalismo, Lenin afirma que en este régimen sólo existe democracia para los ricos y para una pequeña capa del proletariado, mientras que en la fase de transición o socialismo la democracia es casi completa, limitada únicamente por el aplastamiento de la resistencia de la burguesía y en el comunismo, en el que reina el principio: "De cada cual según su capacidad; a cada cual según su necesidad", la democracia será efectivamente completa. (V. Lenin, El marxismo y el Estado, Ed. Progreso, Moscú, 1980, p.28.
que el énfasis puesto en el tema de la dictadura se explicaba por la necesidad de vencer a una contrarrevolución que no aceptó las reglas del juego creadas por la revolución y que para recuperar el poder perdido recurrió a la guerra civil y al apoyo de la contrarrevolución mundial. La dura y cruenta reacción de la oposición, obligó al gobierno soviético a usar también mano dura. 18. Si algo positivo tuvieron las dictaduras militares de los años setenta y ochenta fue la de hacer ver a la izquierda el valor que tiene un régimen democrático, sujeto a un estado de derecho, por muy limitado que éste sea. 4) OTROS ERRORES Y DESVIACIONES 19. Pero, hay otros errores y desviaciones que no pueden atribuirse a los supuestos teóricos anteriormente expuestos, y que producen un gran rechazo de los movimientos y actores sociales hacia los partidos de izquierda. Ellos son: a) Vanguardismo 20. La autoproclamación de “vanguardia” del proceso revolucionario y muchas veces la “vanguardia de la clase obrera”, aunque esta clase fuera casi inexistente en alguno de nuestros países. Aceptar que otras organizaciones pudieran ser tan o más revolucionarias que la propia y aceptar la posibilidad de una conducción compartida, fue algo casi impensable durante mucho tiempo. 21. No se entendía entonces que el concepto de vanguardia era inseparable del tema del ejercicio de la dirección,5 que el carácter de vanguardia de un proceso no es algo que se autoproclama sino algo que se conquista en la lucha. Se confundía el momento de la formación del partido u organización revolucionaria, es decir, aquél en que se preparan los cuadros de conducción y el momento en que se llega a obtener la capacidad real de la dirección de la lucha de clases. La mayor parte de las organizaciones de izquierda latinoamericanas y caribeñas no lograron conquistar nunca esa “capacidad real de conducción.” 22. Cada organización disputaba el título de ser catalogada la más revolucionaria, la más justa, etcétera. Lo que importaba era la secta, la camiseta, y no la revolución. De ahí el sectarismo en que cayó la mayor parte de ellas. b) Verticalismo y autoritarismo 23. El estilo de conducción verticalista era la práctica habitual. La dirección era la que sabía adonde ir y por lo tanto, todo lo que se hacía venía programado desde arriba. Se suponía que todo lo que pensaba la dirección era correcto y que, por lo tanto, la militancia sólo debía aplicar las orientaciones bajadas. No había, por lo mismo, una preocupación por convencer a la gente acerca de las propuestas que se levantaban. 24. Si quien aseguraba la línea era la dirección de la organización política, la tendencia era a copar cargos de dirección en los movimientos sociales para controlarlos desde arriba en lugar de llevar a cabo un paciente trabajo de persuasión en la base. c) Consideración de los movimientos sociales como meras correas de transmisión
5. Lenin, Discurso en defensa de la táctica de la Internacional Comunista (1 jul.1921), en el III Congreso de la Internacional Comunista, OC, T.35, p.379.
25. Muy ligado a lo anterior ha existido una tendencia a considerar a las organizaciones populares como elementos manipulables, como meras correas de transmisión de la línea del partido. La dirección del movimiento, los cargos en los organismos de dirección, la plataforma de lucha, en fin, todo, se resolvía en las direcciones partidarias y luego se bajaba la línea a seguir por el movimiento social en cuestión, sin que éste pudiese participar en la gestación de ninguna de las políticas que más le atañían. d) Teoricismo, dogmatismo, estrategismo 26. Por otra parte, se valoraba en forma unilateral la teoría. Esto se traducía en actitudes teoricistas y dogmáticas. La tendencia era a hacer análisis teóricos de carácter general incapaces de explicar cómo funcionan los procesos concretos. Una consecuencia de ello fue el estrategismo. Se formulaban las grandes metas estratégicas: la lucha por la liberación nacional y el socialismo, pero no se hacía un análisis concreto de la situación concreta desde la cual había que partir. Esto llevaba a realizar una agitación política consignista, que no contribuía a construir fuerza social popular. 27. No creo aventurado afirmar que una de las causas de las dificultades para avanzar por los caminos de la unidad entre las fuerzas revolucionarias de América Latina, cuando ya se ha superado el hegemonismo y el sectarismo y existe una real voluntad unitaria, sea, precisamente, la ausencia de análisis serio, suficientemente fundamentado, acerca de la realidad nacional y continental. e) Subjetivismo 28. Por otra parte, la falta de una análisis concreto de la situación concreta ha llevado a mucho subjetivismo en el análisis de la correlación de fuerzas. Suele ocurrir que los dirigentes movidos por su pasión revolucionaria tienden a confundir los deseos con la realidad. No se hace una valoración objetiva de la situación, se tiende a subestimar las posibilidades del enemigo, y, por otro lado, a sobrestimar las posibilidades propias. Los dirigentes tienden a confundir el estado de ánimo de la militancia más radical con el estado de ánimo de los sectores populares de base. Existe una tendencia en no pocas direcciones políticas a hacer generalizaciones acerca del estado de ánimo del pueblo a partir de su propia experiencia, ya sea de la región o sector social donde éstas funcionan, o de su frente guerrillero, o, en un sentido más general, de lo que perciben entre quienes los rodean, que siempre son los sectores más radicalizados. Es distinta la visión que tienen del país los que trabajan con los sectores más radicalizados, de la que tienen los que realizan su actividad política entre los sectores menos politizados. 29. Habría que preguntarse por qué estas desviaciones se repiten fundamentalmente en los partidos inspirados en el modelo bolchevique. Y por qué persisten a pesar de que se reconocen como actitudes negativas. 3. LA TESIS ACERCA DE LA NECESIDAD DE INTRODUCIR LA TEORÍA EN EL MOVIMIENTO OBRERO 30. Althusser insistía mucho que no basta con reconocer los errores, que hay que conocer sus causas para poder superarlos. Y buscando estas causas he llegado a la conclusión de que en el origen de la mayor parte de las desviaciones señaladas está la conocida tesis de la necesidad de introducir desde fuera la teoría socialista en el movimiento obrero, porque el desarrollo espontáneo de este movimiento nunca puede producir el socialismo. 1) EL PAPEL TODOPODEROSO DE LA IDEOLOGÍA DOMINANTE 31. Esta tesis tomada por Lenin de Kautsky fue fundamentada teóricamente por Luis Althusser en sus escritos sobre la concepción marxista de la ideología y divulgada por mí en Los conceptos elementales del materialismo histórico6 y en el Cuaderno de Educación Popular N0 8 El partido: vanguardia del proletariado.7 32. El filósofo francés sostuvo en sus escritos anteriores a 1979 sobre el tema que toda ideología era necesariamente una visión deformada de la realidad y que estaba al servicio de la clase dominante; y, aunque aceptaba la existencia de diversas tendencias ideológicas: burguesa, pequeño-burguesa, proletaria, sostenía que éstas últimas eran ideologías subordinadas a la ideología de la clase dominante. De ahí derivaba la conclusión de que la clase obrera sólo podía liberarse del dominio de la ideología burguesa y lograr adquirir conciencia de clase, con la ayuda de la ciencia. El movimiento obrero por sí solo no podía llegar a adquirirla, ésta debía ser introducida desde fuera en el movimiento obrero.8 33. Desde esta problemática la distinción hecha por Marx entre clase en sí y clase para sí era asimilada a la distinción entre conciencia ideológica y conciencia científica, y la ciencia era lo que permitía pasar de la primera a la segunda. 2) SUPUESTOS DE LA TESIS DE KAUTSKY 34. Pero antes de seguir adelante veamos qué dice exactamente Kautsky en el texto citado por Lenin. En ese nuevo borrador del programa del Partido Social-Demócrata Austríaco Kautsky sostenía: Primero, el desarrollo económico y la lucha de clases no crean por sí solos la conciencia de la necesidad del socialismo. Una prueba de ello es que en Inglaterra, donde estaba más desarrollado el capitalismo la clase obrera tenía mucho menos conciencia que en otros países de Europa. Segundo, el socialismo y la lucha de clases surgen uno al lado del otro y no uno del otro, y surgen bajo condiciones diferentes. Tercero, la conciencia socialista sólo puede surgir teniendo como base un profundo conocimiento científico. Cuarto, el vehículo de la ciencia no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa. 35. Cinco, sectores de ésta la comunican a los proletarios más desarrollados intelectualmente, quienes la introducen en la lucha de clases del proletariado allí donde las condiciones lo permiten. 36. Conclusión: la conciencia socialista es algo introducido en la lucha de clases del proletariado desde fuera y no algo que surge espontáneamente de ella. 37. Me parece difícil argumentar en contra de estas afirmaciones que tienen un aval histórico. A mi entender el problema surge cuando identificamos conciencia socialista con conciencia de clases. 38. Hay textos de Lenin que se prestan a esta lectura como aquel que sostiene que el desarrollo espontáneo del movimiento de la clase obrera lleva a la subordinación a la ideología burguesa; que no se puede pensar que los trabajadores puedan desarrollar una ideología independiente [es decir una conciencia de clase] en el proceso de su movimiento. 6. Siglo XXI México, España, 1a ed. 1969, corregido por tercera vez en 1985, 62 ediciones. 7. Editorial Quimantú, nov.1972. 8. Luis Althusser, “Práctica teórica y lucha ideológica” (20 anril 1965) y ·”Ideología y aparatos ideológicos del Estado (notas para una investigación)”, en La filosofía como arma de la revolución , Cuadernos de Pasado y Presente, num.4. Siglo XXI, México, 1982, pp.23-69 y pp.97-141 respectivamente. Polémica sobre marxismo y humanismo, México, Siglo XXI, 1968, especialmente pp.172-199.
Sólo hay una ideología burguesa o una ideología socialista. No hay una tercera ideología.9 Y que esta ideología socialista sólo se logra introduciendo el socialismo [es decir, la teoría marxista] en el movimiento obrero. 3) INTERPRETACIONES DE LENIN 39. Lenin reconoce sin embargo en otros textos, que la experiencia práctica desempeña un papel fundamental en la formación de la conciencia de clase. Según él, “el conocimiento de sí misma, por parte de la clase obrera, está vinculado en forma inseparable, no sólo a una comprensión teórica absolutamente clara o mejor dicho: no tanto teórica, como práctica de las relaciones entre todas las clases de la sociedad actual , comprensión adquirida a través de la experiencia de la vida política..”10 Esta formación de la conciencia se ve favorecida enormemente en los períodos revolucionarios por “la marcha de los acontecimientos,”ya que las revoluciones desenmascaran los verdaderos intereses de las diferentes clases, que en épocas pacíficas pueden engañar al pueblo con su demagogia. .11 40. “Durante la revolución escribe Lenin en medio del proceso revolucionario ruso de febrero de 1902 millones de hombres aprenden en una semana más que en un año de vida rutinaria y soñolienta. Pues en estos virajes bruscos de la vida de todo un pueblo se ve con especial claridad qué fines persiguen las diferentes clases del pueblo, qué fuerza poseen y qué métodos utilizan.”12 41. Pero, a pesar de estos textos de Lenin que valoran la importancia de la práctica revolucionaria en la formación de la conciencia, la tesis que se divulgó masivamente en forma simplificada y yo fui una de esas divulgadoras fue la que ponía el acento en la necesidad de introducir la teoría marxista en el movimiento obrero, porque el desarrollo espontáneo de este movimiento no puede escapar a la subordinación a la ideología burguesa”13. 4) DEFORMACIÓN DE LA TESIS DE KAUTSKY 42. La interpretación que se ha divulgado en la izquierda marxista acerca de la tesis de Kautsky podría resumirse en las siguientes premisas: Primera: La conciencia del proletariado está sometida a la ideología dominante por la situación subalterna que éste ocupa en la sociedad capitalista; Segunda: Hay emancipadores del proletariado determinados intelectualesque poseen la teoría marxista. 9. Lenin, Qué hacer, Obras Completas, Editorial Cartago, Buenso Aires, 1979, p.439. 10. Op.cit. p. 467. 11. Lenin, Nuevas tareas y nuevas fuerzas (23 feb.1905), O.C. t.8, p.223. 12. Lenin, Enseñanzas de la revolución, (6 sep.1917), O.C. t.26, p.309. Para lograr educar a las masas a partir de la experiencia práctica debe tenerse muy en cuenta lo que Lenin decía dirigiéndose a los obreros de avanzada. Según el dirigente bolchevique éstos debían “formarse una idea clara de la naturaleza económica y la fisonomía social y política del terrateniente y del cura, del dignatario y del campesino, del estudiante y el vagabundo; conocer sus lados fuertes y sus lados débiles, saber orientarse en medio de la fraseología usual y de los más diversos sofismas con los que cada clase y cada capa encubre sus apetitos egoístas y su verdadera ‘naturaleza’; saber distinguir qué instituciones y leyes reflejan unos y otros intereses, y cómo los reflejan. Pero esta ‘idea clara’ no puede obtenerse en los libros: sólo puede surgir de la realidad, así como de las denuncias formuladas en caliente sobre todo cuanto sucede en determinado momento en nuestro derredor; sobre lo que todos comentan o murmuran, sobre lo que se revela en determinados acontecimientos, estadísticas, sentencias judiciales, etc., etc. Esas denuncias políticas que abarcan todos los aspectos de la vida son una condición indispensable y fundamental para educar a las masas en la actividad revolucionaria. (Lenin, Qué hacer (febrero 1902), O.C. t.5, pp.467-468). 13 . Op.cit. p.440.
Tercera: Será esta teoría importada y no la acción del propio proletariado la que le permitirá romper con la influencia burguesa y adquirir conciencia de clase. 43. Lo que esta forma de presentar las cosas subvalora, por no decir ignora, es el papel de la práctica política en la formación de la conciencia 5) ¿OBREROS SE AUTOLIBERAN O DEBEN SER LIBERADOS POR OTROS? 44. La tesis de Kautsky así divulgada entra en contradicción con el papel que Marx atribuye a la práctica social en la toma de conciencia y con una de sus tesis centrales, aquella que sostiene que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. 45. Lo que Marx subraya constantemente es “el carácter doble de la lucha huelguística y la lucha de clases”;14 en otros términos, el carácter dialéctico del movimiento histórico y de “la lucha de clases existente” que une en forma indisoluble la resistencia a la explotación económica (la lucha económica de clase) y la maduración de las condiciones políticas (unificación de la clase obrera) de una lucha más decisiva [...]15 46. Marx veía que esa lucha económica servía a la unificación de la clase.16 Subraya que no es sino mediante la experimentación de las masas que se realiza el paso de lo económico a lo político por esta modificación simultánea de las circunstancias y de la actividad humana. Es en la práctica revolucionaria donde se enraíza el proceso de constitución de la conciencia. Y es a través de ella que la clase en sí se transforma en clase para sí. [...]17 47. Y Engels, reafirma esta idea al sostener refiriéndose a la clase obrera norteamericana que lo importante no es tanto introducir en ella la teoría, como querían hacerlo algunos socialistas alemanes residentes en ese país, sino “llevar a que la clase obrera se ponga en movimiento como clase”, porque una vez logrado esto “no tardará en encontrar el camino seguro.” Lo importante primero “es unir a la masa a escala nacional”, no importa sobre qué plataforma sea” con tal de que no se retarde la “consolidación nacional” de ese movimiento.18 48. Me parece sumamente interesante, en este sentido, la crítica que hacen Marx y Engels a aquellos que en su época valorizaban más la posesión de la ciencia que la experiencia práctica de las masas; que plantean, como consecuencia de ello, que los puestos parlamentarios deberían estar en manos de gente que tenga tiempo para familiarizarse con las materias, posibilidad que no tienen los trabajadores. Marx y Engels ironizando les dicen: “¡Elijan entonces a burgueses!” Y más adelante expresan: “No podemos marchar junto a aquella gente que declara a gritos que los obreros son demasiado poco instruidos como para emanciparse ellos mismos y que deben ser liberados desde arriba, por los filántropos burgueses o pequeño-burgueses”.19 14 . Claude Berger, Marx, l’association, l’anti-Lenin, vers la ablition du salariat, Poche Payot, Paris 1974. 15 . Ver Marx , Les associations ouvrières, Novelle gazette rhénane, dic. 1847, citado según Berger, op.cit. pp.105-106. 16 . Esta forma de ver las cosas excluye la separación y oposición esquemática entre lucha económica y lucha política. 17. “Es en la lucha, de la que no hemos señalado sino algunas fases, que esa masa se reúne, se constituye en cuanto clase para sí. Los intereses que defiende llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase a clase es una lucha política.” (Marx, Misère de la philosophie, Ed. Sociales, Paris, 1968, pp.177-178) 18 . Engels, Carta a Florence Kelley-Wischnewetzky, Londres, 28 dic. 1886 , en Obras escogidas en tres tomos, Editorial Porgreso, 1974, t.3, pp.509-510. 19 . Marx y Engels a Bebel, W. Leibknecht, W. Bracke et autres, Lettre circulaire à propos du “manifeste des tríos de Zurcí (se trata de Hoechberg, Berstein y Schram), Obras Escogidas en francés, vol2., p. 525 s. Marx y Engels resumían así el pensamiento de dichos personajes: “[...] la clase obrera es incapaz de liberarse por su propia fuerza. Para poder hacerlo debe ponerse bajo la férula de los burgueses ‘instruidos y propietarios’, que son los únicos que ‘tienen la posibilidad y el tiempo’ de aprender a fondo lo que puede servir a los obreros.” (OE.Vol.2 , p.527 fr.)
49. Es su situación de clase explotada y el interés del patrón por mantener esta situación lo que hace que la clase obrera, al luchar por sus reivindicaciones inmediatas, vaya chocando contra los intereses de los patrones y vaya estableciendo una diferencia primero, y una oposición después entre sus intereses de clase y los intereses de la clase dominante; su lucha ya no es simple lucha económica para mejorar sus condiciones laborales o vender su fuerza de trabajo, sino que adquiere un carácter cada vez más político. Empieza cuestionando aspectos parciales del régimen capitalista, pero luego llega a la convicción de que sus problemas no tienen solución dentro de este sistema y que hay que luchar por construir una sociedad regida por otra lógica. De esta experiencia práctica cada vez más compleja surge “una toma de conciencia, una ideología propia, que ya no está inscrita en la ideología de la clase dominante.” 20 50. Todo esto concuerda con la concepción de Marx de la transformación de la “clase en sí” en “clase para sí”, transformación que conduce al surgimiento de una concepción del mundo diferente a la concepción del mundo burgués, a la conciencia de ser una clase diferente. 51. Decir que la clase obrera puede llegar a adquirir conciencia de clase a través de su participación en la lucha de clases no quiere decir, sin embargo, que se desconozca que su conciencia espontánea está muy influida por las ideas y valores de las clases dominantes que se transmiten a través de los distintos aparatos ideológicos del Estado, jugando hoy un papel fundamental los medios de comunicación de masas monopolizados por grandes consorcios transnacionales. 52. En tiempos normales, de calma, parecería que los trabajadores no pudieran escapar a esta influencia negativa y a la manipulación de la conciencia que se hace a través de todos estos instrumentos: es como que redes invisibles los encerrasen en una trampa de la que no pudieran escapar, salvo si llega a ocurrir una tempestad. Por ello, es justamente cuando se abren períodos de lucha que esta confrontación les permite descubrir que las leyes favorecen a los dueños de las fábricas y que la policía no sirve para proteger el bien común, sino los intereses de los patrones. Todo eso va permitiéndole una gradual toma de conciencia del antagonismo entre sus intereses como trabajadores y los de los dueños de las empresas. Van adquiriendo una comprensión creciente de que todo el sistema institucional favorece a estos señores. 53. Esta es “la escuela política viva”, la escuela “en la lucha y por la lucha” de la que habla Rosa Luxemburg..21 La revolucionaria alemana no niega que el proletariado tenga necesidad de un alto grado de educación política, de conciencia de clase y de organización, pero sostiene que no puede aprender todo esto en los folletos o en los panfletos, sino en la lucha.” 54. Por otra parte, esta experiencia práctica no sólo contribuye a clarificar la cabeza de los trabajadores, su forma de ver el mundo, sino que los va transformando interiormente, va creando en ellos la sensación de que unidos con otros trabajadores pueden llegar a transformarse en una fuerza que puede ir obteniendo triunfos frente a los patrones, que puede ir conquistando cosas. En la lucha van adquiriendo autoestima, van sintiéndose cada vez más
20 . Adolfo Sánchez Vázquez, Ciencia y revolución. El marxismo de Althusser, Alianza Editorial, Madrid, 1978, p.42 (las negritas son de Marta Harnecker). 21 . Grève de masses, parti, et syndicats, François Maspero, Paris, 1968, p.30
capaces de conseguir sus objetivos, van transformándose cada vez más en sujetos del proceso en el que están insertos. 55. Como dice Michael Lebowitz, Marx entendió muy bien “que la gente no es estática; que la lucha por satisfacer necesidades materiales puede producir nueva gente con nuevas necesidades, más radicales”, de ahí su tesis acerca del autodesarrollo de la clase obrera a través de sus luchas. Y “aunque las necesidades que pretenda resolver no vayan más allá del capital, el propio proceso de lucha cambia a las personas; las transforma en personas con una nueva concepción de sí mismas: empiezan a verse como sujetos capaces de cambiar el mundo en el que viven.”22 56. La propia experiencia “es una dimensión irremplazable, porque sólo a través de ella se forman los sujetos de la transformación. Conformar dichos sujetos implica la autoeducación de las masas en el curso de su misma experiencia de lucha.23 57. Y esta experiencia práctica va haciendo surgir en los trabajadores cada vez más preguntas, más ansias de comprender y de saber, va creando la necesidad de adquirir conocimientos cada vez más profundos de la realidad en la que están inmersos y de las posibles soluciones a sus problemas. Por eso es tan distinto enseñar académicamente marxismo en las universidades a enseñarlo a trabajadores inmersos en la lucha. Para los primeros suele ser un conocimiento más, para los segundos, un arma de lucha. 58. De todo lo dicho anteriormente podemos concluir que la conciencia de clase no tiene, por lo tanto, un comienzo absoluto con la “importación de la ciencia”, que la conciencia de clase va surgiendo en la lucha, y que es la transformación producida por esa lucha y no necesariamente la asimilación de la ciencia lo que produce la transformación de la conciencia burguesa en proletaria. Lo que permite la teoría marxista es la elevación exigido por la lucha de clase misma de la conciencia obrera a un nivel superior. No hay que identificar la conciencia de clase con la teoría científica del socialismo. Esta teoría viene sólo a potenciar esa conciencia. 59. Y así lo plantea Marx cuando sostiene que la fuerza de la clase obrera está en su número, pero que este número “no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”. No basta, por lo tanto, el conocimiento científico si los trabajadores no logran llevar a cabo una práctica unitaria. 7) TRES NIVELES DE CONCIENCIA 60. Me parece entonces que sería necesario distinguir tres niveles de conciencia en la clase obrera: a) Conciencia espontánea o ingenua 61. La conciencia espontánea o ingenua, que es una conciencia necesariamente deformada por los efectos de la ideología dominante y a ella se aplicaría la mayor parte de las reflexiones de Althusser sobre la ideología como un conocimiento deformado de la realidad y
22. Michael Lebowitz, Beyond Capital, segunda edición Palgrave Macmillan, London, 2003. Ver especialmente el Capítulo X: De la economía política a la lucha de clases. 23. Roberto Pittaluga, “Reflexiones en torno a la idea de espontaneidad en Rosa Luxemburg,” en Revista de política y cultura El Rodaballo, Ediciones El cielo por asalto, añoV, No.9, 1998-99. En estos planteamientos Rosa Luxemburg no hace sino retomar la tercera tesis de Marx sobre Feuerbach, donde sostiene que son los hombres los que a través de su práctica “hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado.” (Marx , Tesis sobre Feuerbach (primavera de 1845), O.E., Editorial Progreso, Moscú, 1973, t1, p.8.)
correspondería, al decir de Sánchez Vázquez, a un tipo histórico de sociedad de clases en que la clase obrera sólo conoce la práctica económica de clase.24 b) Conciencia de clase proletaria 62. La conciencia de clase, que implica un distanciamiento de la ideología burguesa, que ya no es un factor de cohesión del sistema dominante sino de antagonismo y que no está necesariamente deformada.25 Es aquella conciencia que se logra adquirir cuando la lucha de clases alcanza una dimensión política, pero esta conciencia no es todavía socialista, en el sentido en que es más de resistencia que de ofrecimiento de una alternativa para salir de la situación de explotación. c) Conciencia de clase ilustrada o socialista 63. La conciencia de clase ilustrada o conciencia socialista es aquella conciencia de clase iluminada por la ciencia marxista. Todo el esfuerzo realizado por Marx al escribir El Capital está dirigido a proporcionarle a los trabajadores los instrumentos teóricos de su liberación; los conocimientos que le permitan no sólo reaccionar como clase explotada, sino entender los mecanismos profundos de la explotación capitalista y levantar un nuevo proyecto de sociedad alternativo. 64. La propia Rosa Luxemburg, que insiste tanto en que la conciencia de clase se adquiere en la lucha, no deja de reconocer la importancia que tiene la teoría marxista o “teoría socialista” como ella la denomina para el movimiento obrero. Al reflexionar en su libro Huelga de masas, partido y sindicatos en 1906 acerca de la superioridad de los sindicatos socialdemócratas alemanes en relación con los sindicatos burgueses y confesionales, sostiene que los éxitos materiales y el poderío de estos últimos son el resultado de “una práctica sindical” esclarecida por la “teoría del socialismo científico”. Sin ella se avanza a tientas y guiado por las mezquindades de un empirismo estrecho. La fuerza de la ‘política práctica’ de los sindicatos alemanes reside en su inteligencia de las causas sociales y económicas profundas del orden capitalista; ahora bien, esta inteligencia no la deben sino a la teoría del socialismo científico, en la que estos se fundamentan para su práctica.”26 65. Para concluir, pienso que es correcto decir que el socialismo, como teoría científica, no puede nacer de la mera práctica del movimiento obrero y que debe ser introducida desde fuera..27 En cambio pienso que la adquisición conciencia de clase sí está ligada a la práctica social, a la lucha de clases. Y, por supuesto, será más fuerte y más coherente en la medida en que esté fundamentada en el socialismo como ciencia. 4. CÓMO ESTO SE REFLEJA EN LA CONCEPCIÓN DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO 66. Esta concepción de que el proletariado necesita recibir desde el exterior la teoría marxista para lograr liberarse de la conciencia espontánea burguesa y adquirir conciencia de clase proletaria tiene, sin duda, consecuencias políticas, tanto en lo que se refiere al partido como instrumento político, como a la práctica política de ese partido y así se ha expresado en la gran mayoría de los partidos de raíz leninista, aunque siempre hay honrosas excepciones.
24. Adolfo Sánchez Vázquez, Op.cit. p.42. 25. Op.cit. p.35. 26 . Rosa Luxemburg, op.cit, p.77. 27. Aunque requiere de una “posición de clase” para ser elaborado como ciencia, punto que aquí no podemos abordar.
1) LA DIRECCIÓN, PROPIETARIA DEL SABER 67. Suele ocurrir que estos partidos, y muy a menudo sus cúpulas dirigentes, se consideren los portadores del saber o de la conciencia socialista, estimando que son los máximos dirigentes los únicos capaces de elaborar la estrategia y la táctica que debe ser aplicadas disciplinadamente por el partido. Esto genera una serie de desviaciones, algunas de las cuales ya señalamos: autoritarismo, verticalismo, manipulación de los militantes, separación del partido de las masas. 68. Al considerarse la teoría propiedad de un grupo, ésta suple a los análisis concretos. Estos se vuelven superfluos, ya que no son más que la “aplicación” de una verdad superior. Por otra parte, como las ideas vienen elaboradas desde arriba en un partido que se ha organizado en forma de lo que Althusser denomina “columnas”, es decir, en estructuras verticales que van desde los núcleos o células hasta el buró político, pasando por las instancias intermedias , los militantes sólo pueden discutir estas ideas en forma limitada28 y no son estimulados a generar ideas propias.29 2) LA TAREA CENTRAL: LLEVAR LA TEORÍA AL MOVIMIENTO OBRERO 69. Si lo fundamental es hacer llegar la teoría marxista al movimiento obrero para que éste adquiera conciencia de clase y pueda liberarse de la ideología burguesa, la tarea política fundamental del partido será realizar esa fusión. El partido tiende a considerar que él es quien posee la verdad30 y de que las masas son masas atrasadas, que deben ser liberadas de la influencia de la ideología burguesa dominante mediante el aporte desde afuera de la teoría socialista que ellas no poseen.
3) PRIORIZAR LA FORMACIÓN SOBRE LA ACCIÓN 70. Priorizará la formación política sobre la acción. Irá a los movimientos sociales a detectar a los cuadros más destacados para captarlos para el partido y allí formarlos. Se preocupará de realizar escuelas de cuadros, de elaborar materiales de formación.31 Difícilmente logrará un contacto real con la gente, porque se pasará todo el tiempo queriendo controlarla e intentará siempre suplantarla.
28 . Analizando lo que ocurre en el Partido Comunista francés al respecto, Althusser escribe: “[...] la libertad de discusión en la base ya había sido adquirida antes del XXII Congreso, pero ello no cambió en nada las prácticas de la dirección. Ya que el aparato había hecho el descubrimiento, tan viejo como el mundo burgués, de que podía darse el lujo de dejar que los militantes discutieran libremente en sus células, sin exclusión ni sanción, ya que esto no tendría ninguna consecuencia. De hecho las verdaderas discusiones y decisiones secretas tienen lugar siempre más allá de la demarcación de las federaciones, en el buró político y el secretariado o más bien en un pequeño grupo que no figura en los estatutos que comprende el secretariado, una parte del buró político y algunos ‘expertos’ o colaboradores del comité central. Es allí donde se toman las verdaderas decisiones [...]” (Ce qui ne peut pas dure .dans le Parti Comuniste Français..., Maspero, Paris, 1978, p. 69.) 29 . A este “verticalismo absoluto” se refiere críticamente Louis Althusser en su trabajo de abril de 1978: Lo que no puede permanecer más en el Partido Comunista, cuando desarrolla el significado de la división del Partido en columnas que sólo permiten la circulación de ideas de la cúspide a la base y de abajo arriba por la correspondiente “columna”, quedando descartada como “fraccional” toda relación entre militantes que pertenecen a distintas ramas, secciones o “columnas”. El autor propugna una “relación horizontal” que permita ’el libre intercambio generalizado de experiencias y análisis’. (Louis Althusser, Ce qui ne peut pas durer...., p.82). De esta manera el centralismo democrático, método indispensable para la toma de decisiones en determinadas circunstancias, se vuelve realmente democrático. 30 . Lo que los críticos denominan “la vanguardia lúcida o iluminada”. 31 . Quiero aclarar que no estoy en contra de realizar estas actividades. Muy por el contrario, creo que uno de los déficits actuales de muchas organizaciones de izquierda es haber descuidado completamente estas tareas. El asunto es si ellas se transforman en un fin en sí mismo o están insertas en un accionar que priorice las luchas populares.
4) MILITANTES ACRÍTICOS 71. El producto de una organización como ésta32 es un tipo de militante absolutamente dócil y sin personalidad. Puesto que “el partido es decir, la dirección siempre tiene razón”, el militante tenderá a expresar su adhesión total y acrítica a los dirigentes que “encarnan para él la unidad y voluntad del partido.”
5. UN INSTRUMENTO POLÍTICO QUE VALORA LA PRÁCTICA SOCIAL PARA LA CREACIÓN DE LA CONCIENCIA 72. Si, por el contrario, se plantea que la clase obrera y el movimiento popular sólo pueden liberarse a sí mismos a partir de las luchas que emprendan, se requiere un cambio profundo en la forma de concebir la política y la organización. 73. La política no puede ser reducida a las instituciones políticas y no debe exagerarse el papel del Estado. Se debe abandonar la visión estrecha del poder reducido a los aparatos represivos del Estado. Se debe entender que no se puede construir fuerza política sin construir fuerza social.33 1) PRIORIZANDO CREAR SITUACIONES PROPICIAS PARA LA MADURACIÓN DE LA CONCIENCIA 74. Y en lo que a organización se refiere, esta deberá ser un instrumento volcado hacia la sociedad; inmerso en los sectores populares. En lugar de poner el acento en introducir la teoría en el movimiento obrero, estará muy atenta a las distintas formas de expresión del malestar social frente al sistema opresor vigente y a las iniciativas y formas de lucha que desde allí se gesten; propiciará espacios de encuentro entre todos esos sectores sociales e iniciativas populares que se sienten afectados por la situación imperante, y tratará de descubrir, junto al movimiento social, los espacios y formas de confrontación que le permitan a este movimiento ir tomando conciencia de que la superación de sus males sólo se dará si se unen y construyen una fuerza social capaz de enfrentarse al actual sistema de dominación de clase. 2) UNA NUEVA RELACIÓN CON EL MOVIMIENTO POPULAR a) Respeto a su desarrollo autónomo 75. Si pensamos que la lucha práctica es fundamental para hacer avanzar la conciencia popular, nuestro instrumento político debe expresar un gran respeto por el movimiento popular; debe contribuir a su desarrollo autónomo, dejando atrás todo intento de manipulación. Debe partir de la base de que los cuadros políticos no son los únicos que tienen ideas y propuestas y que, por el contrario, el movimiento popular tiene mucho que ofrecer, porque en su práctica cotidiana de lucha va aprendiendo, descubriendo caminos, encontrando respuestas, inventando métodos, que pueden ser muy enriquecedores. b) Partir de sus motivaciones 76. Por otra parte, es un gran error pretender conducir al movimiento de masas con el método de ordeno y mando, llegar a ellas con esquemas preelaborados. El papel del instrumento político es el de orientar, no el de suplantar. Tenemos que luchar por eliminar todo verticalismo que anule la iniciativa de la gente, porque la participación popular no es algo que se pueda decretar desde arriba. Sólo si se parte de las motivaciones de la gente, sólo si se le
32 . Que Althusser califica de “máquina de dominar, controlar y manipular” 33. Marta Harnecker, La izquierda en el umbral del Siglo XXI. Haciendo posible lo imposible, op.cit. pp.301-303, párrafos 1059-1068.
hace descubrir a ella misma la necesidad de realizar determinadas tareas, sólo si se gana su conciencia y su corazón, estas personas estarán dispuestas a comprometerse plenamente con las acciones que emprendan. Por eso es tan importante incorporar a las bases al proceso de toma de decisiones, eso quiere decir que hay que abrir espacios para que la gente se exprese. c) Aprender a escuchar 77. Eso significa también que hay que aprender a escuchar; hay que hablar con la gente y, de todo el pensamiento que se recoge ser capaces de hacer un diagnóstico correcto de su estado de ánimo, sintetizar aquello que puede unir y generar acción, combatiendo el pensamiento pesimista, derrotista que también existe. Debemos poner oído atento a todas las soluciones que el propio pueblo gesta para defenderse o para luchar por sus reivindicaciones. d) Las orientaciones no pueden ser presentadas como directivas externas 78. Sólo entonces, las orientaciones que se lancen no se sentirán como directivas externas al movimiento y permitirán construir un proceso organizativo capaz de llevar, si no a todo el pueblo, al menos a una parte importante de éste a incorporarse a la lucha y, a partir de ahí, se podrá ir ganando a los sectores más atrasados, más pesimistas. Cuando estos últimos sectores sientan que los objetivos por los que se combaten no sólo son necesarios, sino que es posible conseguirlos como decía el Che, se unirán a la lucha. e) Que la gente se sienta protagonista 79. Cuando, por otra parte, la gente comprueba que son sus ideas, sus iniciativas, las que están siendo implementadas, se sentirá protagonista de los hechos, y su capacidad de lucha crecerá enormemente. f) De la conducción militar a la pedagogía popular 80. Después de lo dicho hasta aquí podemos comprender por qué los cuadros políticos de la nueva época no pueden ser cuadros con mentalidad militar hoy no se trata de conducir a un ejército, lo que no quiere decir que en algunas coyunturas críticas, pueda y deba hacer un viraje en este sentido, ni tampoco demagogos populistas porque no se trata de conducir a un rebaño de ovejas; los cuadros políticos deben ser fundamentalmente pedagogos populares, capaces de potenciar toda la sabiduría que existe en el pueblo tanto la que proviene de sus tradiciones culturales y de lucha, como la que adquiere en su diario bregar por la subsistencia a través de la fusión de ésta con los conocimientos más globales que la organización política pueda aportar. Debe fomentar la iniciativa creadora, la búsqueda de respuestas. 81. Por desgracia, muchos de los dirigentes se educaron en la escuela de conducir a las masas por órdenes y eso no es fácil de cambiar de un día para otro. Por eso no quiero crear una sensación de excesivo optimismo. La correcta relación con los movimientos sociales está lejos de haber quedado completamente resuelta.34 82. Esta revalorización de los movimientos sociales y la comprensión de que la conducción se gana y no se impone, ha llevado a algunos sectores de la izquierda a buscar nuevas fórmulas para conformar los frentes políticos que no sean una mera alianza entre partidos políticos, sino que, a su vez, den cabida a la expresión de los movimientos sociales. 34. En el libro de Marta Harnecker, La izquierda después de Seattle, Siglo XXI, Madrid, 2000; se exponen las dificultades objetivas para lograr unificar los esfuerzos de la izquierda organizada en partidos y de la izquierda social.
3) ABANDONO DEL OBRERISMO 83. La nueva organización política debe tener en la mira no sólo la explotación económica de los trabajadores, sino también las diversas formas de opresión y de destrucción del hombre y la naturaleza que van más allá de la relación entre el capital y la fuerza de trabajo. Además de los problemas de clase, deben preocuparle los problemas étnico-culturales, de raza, de género, de sexo, de medio ambiente. No debe tener presente sólo la lucha de los trabajadores organizados, sino también la lucha de las mujeres, de los indígenas, negros, jóvenes, niños, jubilados, minusválidos, homosexuales, etcétera.35 Y no se trata sólo de asumir la defensa de todos los explotados y discriminados, sino de comprender el potencial político radical y transformador que existe en las luchas de todos estos sectores.36 4) INSTANCIA ARTICULADORA DE LAS DIFERENTES PRÁCTICAS SOCIALES EMANCIPATORIAS 84. La nueva organización política no debería buscar contener en su seno a los representantes legítimos de todos los que luchan por la emancipación, sino esforzarse por articular sus prácticas en un único proyecto político37 nacional. 5) ORGANIZACIÓN QUE PREFIGURA LA NUEVA SOCIEDAD 85. Una organización que pone el acento no tanto en la teoría que aporta sino en la práctica social de los distintos sectores populares, debe cuidar que su propia práctica no se contradiga con los valores de la nueva sociedad a los que se encamina. La organización como prefiguración de la sociedad emancipada debe anticipar en su vida interna los valores de la democracia, solidaridad, cooperación, camaradería. Debe proyectar vitalidad y alegría de vivir.38 6) CONCLUSIÓN 86. Resumiendo, para hacer frente a los nuevos desafíos que nos plantea el siglo XXI necesitamos una instancia política que, al mismo tiempo que levante un programa nacional que permita aglutinar en torno a una misma bandera de lucha a amplios sectores de la sociedad, promueva su transformación en protagonistas activos o sujetos constructores de la nueva sociedad a favor de la cual se lucha.
35. Ver sobre este tema los planteamientos del Partido de los Trabajadores de Brasil en su I Congreso de 1991 (27 noviembre-1 de diciembre) en: Resoluçoes do 1º Congresso do PT. 36. H. Gallardo, Elementos para una discusión sobre la izquierda política en América Latina, revista Pasos Nº50, nov-dic 1993, p.29. 37. Enrique Rubio y Marcelo Pereira, Utopía y estrategia, democracia y socialismo, Ed. Trilce, Montevideo, Uruguay, 1994, p.151. 38. Hay varias otras ideas acerca de cómo tendría que ser la estructura interna de un instrumento político que se caracteriza por valorar la práctica social como un elemento fundamental para la constitución de los sujetos del proceso revolucionario. No puedo desarrollarlas aquí por falta de espacio, pero al menos quiero enunciarlas. Estoy pensando en una organización cuya militancia se reúna en torno a una comunidad de valores y un programa concreto. Que en lugar de tratar de homogeneizar a sus militantes respete las diferencias y contemple variadas formas de militancia. Que abandone los métodos autoritarios y cree espacios para el debate, respetando la existencia de corrientes de opinión, pero cuidando que no se transformen en partidos dentro del partido. Que constituya una dirección que respete la composición de las diversas corrientes internas. Que realice consultas o plebiscitos internos para que toda la militancia pueda pronunciarse frente a temas de interés para todos. Que ponga en práctica un real pluralismo.